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No todo es clínica
El autocuidado emocional del médico de familia: algunas propuestas
Javier Bris Pertiñez
Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria
CS Villa de Vallecas
Coach. Coordinador del GdT Salud Basada en Emociones. semFYC
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El trabajo se relaciona con la actualización sobre el mismo tema que se llevará a cabo en el XXXVII Congreso de la semFYC, que tendrá lugar en Madrid del 4 al 6 de mayo de 2017.

«Experiencias y sugerencias para cuidarnos en familia»

 


Puntos clave

  • Es importante mantener una actitud abierta a la observación, al aprendizaje y al cambio de comportamiento para evitar caer en una situación de indefensión aprendida.
  • La formación en técnicas de relajación como la respiración, la visualización o el mindfulness puede resultar útil como parte del autocuidado emocional.
  • El factor «pedir ayuda» debería ser siempre una actitud preventiva que considerar.
  • La sintonización emocional contribuye a mejorar la comunicación y a mantener el buen clima emocional.
  • Puede resultar muy útil elaborar un «autorregistro» de las situaciones que uno vive como conflictivas. La información que proporciona puede ser analizada y servir de base para elaborar planes de mejora.
  • El entrenamiento en las competencias propias de la inteligencia emocional contribuye a habilitar el autocuidado del médico de familia.
  • El ejercicio del autoliderazgo equivale a salir de posiciones victimistas y estar dispuesto a elaborar un plan de trabajo para modificar la situación que así lo requiera.

 

Normalmente, el autocuidado se aprende en el seno de la familia o la escuela, y supone la creación de una serie de conductas que con la repetición se interiorizan hasta transformarse en hábitos.

 

Los médicos de familia estamos muy acostumbrados al uso del término «autocuidado», sobre todo en el trabajo con ciertas patologías crónicas en las que fomentamos la práctica de hábitos saludables relacionados con la correcta alimentación, evitar el consumo excesivo de alcohol, la abstinencia completa de tabaco, la práctica de ejercicio moderado y todas estas cuestiones que tenemos interiorizadas en nuestra manera de trabajar.

 

Pero ¿todo acaba ahí? En el autocuidado también debe incluirse el aprendizaje de otras cuestiones, como la orientación hacia una vivencia emocional saludable de manera que una persona sea también capaz de atender sus propias necesidades en este tipo de cuestiones. Hasta ahora, el aprendizaje del cuidado emocional se ha tendido a dejar en manos de la familia u otras instituciones con resultados aceptables, pero la sociedad cambia y, por múltiples razones, los cuidados en la esfera emocional no están siguiendo un desarrollo paralelo a los avances técnicos y científicos del abordaje fisiopatológico de la enfermedad. Es, quizá, por ello por lo que en los últimos años estamos encontrando un creciente interés social por aquellas disciplinas relacionadas con el conocimiento y la gestión de las emociones.

 

¿Y qué sucede si lo que analizamos ahora es el autocuidado emocional del médico de familia? Hablamos de este, no solo como profesional con un papel indiscutible por su posicionamiento en el sistema sanitario o por la repercusión social y económica de sus decisiones. Hablamos del médico/persona que en la vivencia de su pro­fesión tiene unas necesidades emocionales que cubrir. Estas, en muchos aspectos, son las mismas que tiene cualquier ser humano y en otros pueden ser algunas más. El autocuidado emocional de médico de familia es muy importante para la supervivencia de nuestra profesión. Podríamos alegar muchas razones para ello y analizar la repercusión que tiene un médico de familia capaz de tomar las decisiones más acertadas sobre los años y la calidad de vida en los pacientes, así como su capacidad para influir en la sostenibilidad del sistema sanitario. Sería un trabajo interesante, pero el objetivo de este artículo se centra en proponer algunos puntos clave para el autocuidado del médico de familia, puntos que dependen básicamente de su «propia disposición», dejando a un lado las obligaciones que cada institución tenga con sus empleados y las que estos tengan con ellas.

 

Se trata, pues, de sugerir algunos puntos que den la posibilidad al médico de actuar de manera preventiva sobre sí mismo de forma independiente, ya que las propuestas que se presentan dependen del propio médico y de la relación preventiva que está dispuesto a entablar con su propia salud como profesional.

 

Autocuidado emocional del médico de familia, ¿por qué es necesario?

Son numerosos los artículos que existen en la bibliografía sobre el síndrome de desgaste profesional (burnout)1,2 como un cuadro caracterizado por sensación de agotamiento, decepción y pérdida de interés laboral, que surge en aquellas profesiones que trabajan con personas. Entre estos colectivos se encuentra una prevalencia de burnout realmente importante en los médicos de familia. Trabajos como los de Navarro et al.2 encontraron datos en el 41,3%, con niveles elevados en al menos una de las tres dimensiones que caracterizan al burnout y que se resumen en la tabla 1. Aunque en los distintos estudios existen datos discordantes en las cifras de prevalencia según las escalas de medida y las variables poblacionales consideradas, los datos no dejan de ser elevados, así como sus consecuencias a nivel personal y organizacional, ya que producen, como afirman Cebriá et al.3, repercusiones como absentismo laboral, disminución del nivel de satisfacción de profesionales y pacientes, riesgo de conductas adictivas, movilidad laboral y repercusiones en otras esferas como la familiar, etc.

 

En referencia a las variables implicadas en el desarrollo del burnout, se han definido distintos factores estresantes (o estresores) crónicos que desencadenan el cuadro y son específicos de la profesión sanitaria4, muchos de los cuales dependen de factores organizacionales como la presión asistencial, mientras que otros son de índole más personal y están relacionados con las características físicas, emocionales y conductuales del profesional. Tal como apuntan Ortega y López4, la aceptación de la realidad que puede y no puede cambiarse es una de las claves que facilita el proceso de adaptación, sin que ello menoscabe la aplicación de todo el arsenal de soluciones que puedan estar en nuestra mano, como por ejemplo el entrenamiento en habilidades en comunicación, que, como afirman Cebriá et al.5, se asocia a un menor desgaste profesional y podría de hecho ser un factor protector de este.

 

A continuación se exponen una serie de sugerencias que esperamos que contribuyan a mejorar el autocuidado emocional del médico de familia.

 

¿Qué me está pasando? La importancia de reconocer las propias emociones

«Cualquiera puede enfadarse, eso es muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto,

en el momento oportuno, con el propósito justo y en el modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.»

Aristóteles

 

Como dice Borrell6, saber reconocer las emociones es la condición sine qua non de la competencia emocional del médico. Esto es, el desarrollo del insight entendido como la capacidad de percatarse de las propias emociones y sentimientos, la primera capacidad que un profesional debe considerar para poner en marcha su conjunto de actividades preventivas.

 

Cada día tendemos a repetir gran cantidad de pensamientos, y estos generan consecuentes sentimientos en nosotros (tabla 2). Si consideramos que las emociones básicas son siempre las mismas, podemos afirmar que nuestras maneras de sentirnos terminan siendo bastante predecibles. ¿Es esto bueno o malo? Pues en nuestra mano está, ya que depende, en gran parte, de la propia actitud decidir a qué pensamiento prestamos más atención.

 

En ocasiones, tendemos a repetirnos a nosotros mismos mensajes negativos relacionados con nuestras circunstancias personales o profesionales que no van acompañadas de ninguna actitud abierta al aprendizaje y al cambio de comportamiento, y esto termina por arrastrarnos a una situación de indefensión aprendida.

 

Pero, ¿qué es la indefensión aprendida? Este concepto lo introdujo por primera vez Martin Seligman en la Universidad de Pensilvania, en la década de 1970. Se trata de un estado en el que el sujeto genera la firme creencia de que es incapaz de modificar con su conducta la situación negativa en la que se encuentra, por lo que deja de hacer nada. En uno de sus experimentos, Seligman expuso a dos grupos de perros a descargas eléctricas7. Uno de ellos tenía la posibilidad de detener esa descarga si empujaba con el hocico un panel que tenía enfrente. El otro grupo, sin embargo, no tenía ninguna posibilidad de escapar de las descargas. En un segundo experimento juntó a todos los perros en una nueva jaula electrificada de la que podían salir sencillamente de un brinco. Mientras que el grupo de perros que había logrado controlar las descargas eléctricas se escapaba en pocos segundos, los del grupo que no pudo escapar en el primer experimento no hacía el menor esfuerzo para huir de esta tortura.

 

El aprendizaje que podemos extraer de las experiencias de Seligman está en plantearnos si son todas las circunstancias idénticas. Como médico de familia que trabaja con un gran número de personas y aborda una amplia cartera de servicios, ¿tengo siempre el mismo margen de actuación? Hay que evitar caer en el mismo error en el que cayeron los perros del segundo experimento de Seligman. Analizando pues cada situación con la singularidad que requiere, se puede plantar cara a la manera más idónea de abordarla. Cuidemos nuestros propios pensamientos entendiendo que el autocuidado emocional del médico de familia comienza por evitar inercias de indefensión, lo que requiere en todo momento analizar cada situación estresante considerando sus aspectos negativos, pero también las oportunidades de mejora y aprendizaje que aportan.

 

La conocida como plegaria de la serenidad, de Reinhold Niebuhr, podría ser una excelente manera de resumir la idea que pretende transmitir este primer apartado: «Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia.»

 

La importancia de pedir ayuda

«El medio más fácil para ser engañado es creerse más listo que los demás.»

François de La Rochefoucauld

 

En numerosas ocasiones nos encontramos nosotros mismos siguiendo determinados patrones de actuación o «guiones» de trabajo. El seguimiento rígido de estos guiones puede resultar limitador en el desarrollo de nuestra personalidad y puede provocar una sensación de insatisfacción permanente. Supongamos que en uno de estos guiones estamos ejerciendo el papel de persona perfecta y sacrificada, preocupada por todos los que nos rodean menos por nosotros mismos. ¿Qué margen tiene alguien así para plantearse hacer algo que se sale de este guion? ¿Y si ahora el guion que analizamos es el del médico de familia perfecto en absolutamente todas sus habilidades y competencias? ¿Qué margen tiene el profesional para enfrentarse a sus dudas e incertidumbres? ¿Cómo afronta su propio estrés cuando alguna circunstancia le hace sentirse sobrepasado? No se trata de dejar de aspirar a la perfecta competencia, sino de comprender las propias limitaciones y aceptarlas como base sobre la que trabajar para el proceso de mejora continua. Por ello resulta necesario considerar el hecho de pedir ayuda como una acción que siempre se debe tener en cuenta. Prácticamente todos los protocolos de trabajo deberían incluir en algún momento de su desarrollo la petición de ayuda como un elemento a considerar.

 

Pedir ayuda: ¿en qué?

Estudios como los de Cebriá et al.3 concluyen que la baja estabilidad emocional, la tensión y la ansiedad se asocian a niveles más elevados de burnout. Parece razonable encauzar la petición de ayuda en la dirección que suponga encontrar un alivio en estas cuestiones.

 

Algunos ejemplos:

  • Se puede buscar formación a través del aprendizaje de técnicas de asertividad, autocontrol, técnicas de relajación, de resolución de problemas, y técnicas cognitivas. Tal como apuntan Ortega y López4, se puede entrenar a los trabajadores no solo a considerar sus síntomas de estrés, sino también los estresores susceptibles de ser cambiados y los que no. Se pueden aprender y entrenar algunas técnicas de relajación, como las que se mencionan en la tabla 3.
  • Se pueden elaborar grupos de trabajo para compartir dudas diagnósticas o ante el manejo de pacientes complejos.
  • Se puede plantear al equipo una redistribución de los circuitos de trabajo para buscar una mayor efectividad y evitar atender determinados problemas en situación de desamparo o sin los recursos oportunos. Algunas técnicas como el brainstorminga o «lluvia de ideas» pueden facilitar la generación de ideas originales que resulten de utilidad para el grupo.
  • Se puede pedir ayuda legal o especializada mediante el establecimiento de algún teléfono directo que resuelva dudas in situ, antes de cometer un hipotético error, lo que en tantas ocasiones resulta ser una fuente de estrés y malestar emocional para el médico.
  • Se puede pedir ayuda profesional cuando la propia salud está en peligro.

 

El factor «pedir ayuda» puede ser simple o complejo, en ocasiones tan solo se trata de levantar el teléfono y hablar con el compañero de la consulta de al lado. Otras veces, el camino es mucho más complicado. En cualquiera de los casos, si se considera el autocuidado emocional del médico de familia como una actividad preventiva que se debe enmarcar en un protocolo, la petición de ayuda debería estar incluida siempre entre los puntos principales de consideración.

 

La importancia de cuidar el clima emocional

Imagínese el lector compartiendo una conversación distendida con sus compañeros de trabajo en la que todos están ocupando un rol similar cuando sucede algo y uno de los miembros del grupo cambia de rol y se coloca en una posición de dramatismo y desvalimiento que a todo el mundo le produce mucha pena. El clima emocional cambia y las reacciones generadas en los demás también.

 

Vivimos constantemente influidos por las emociones de las personas con las que convivimos, se dice que esta influencia tiene incluso un carácter especular. Consideremos ahora las emociones con las que trabajamos cada día en nuestras consultas y nuestro entorno laboral. ¿Nos afectan? Sin duda. Podríamos decir que al igual que cuando estamos atendiendo a un paciente que presenta una enfermedad infecciosa disponemos de todo un ritual de acciones y materiales para protegernos de un posible contagio (lavado de manos, mascarilla, guantes…), también ante el perjuicio que puede desencadenar el contagio emocional negativo es necesario tomar las medidas oportunas. Una propuesta que puede resultar útil en este sentido es la sintonización emocional.

 

Cuando practicamos la sintonización emocional, es necesario aprender a «calibrar» y en consecuencia «responder» adecuadamente a los sentimientos, las necesidades y los mensajes de la otra persona. Es importante adaptarse sutilmente, acoplando nuestro lenguaje verbal y no verbal a nuestro interlocutor, de esta manera estaremos generando un clima que hará más armónica la comunicación empática y carente de juicios. A partir de aquí, es necesario aprender a mantener un estado de equilibrio interior, acompañando empáticamente y manteniendo a la vez el foco en aspectos positivos como «la oportunidad de aprendizaje» que toda situación supone o la «necesidad de aceptación» que toda circunstancia tiene como punto de partida para ser superada.

 

Para Eric Berne, creador del conocido análisis transaccional, en cada personalidad conviven tres niveles a los que él llamó «padre», «adulto» y «niño» (tabla 4), de manera que son capaces de definir la personalidad de cada uno y también la interacción con otras personas8. Según afirma F. Yuste8, para que la comunicación pueda ser más fluida, lo mejor es sintonizarnos en el mismo nivel que la persona con la que nos queremos comunicar, de esta manera el clima emocional se mantiene. Es decir, si alguien nos habla desde el nivel del «padre», intentar sintonizar con ella hablando también desde el mismo nivel del «padre», y así en todos los casos. Como es natural, el nivel puede alterarse, pero cuidando que el mensaje no se distorsione.

 

Un caso en el que resulta de mayor utilidad buscar la sintonización con la otra persona puede ser el momento en el que vamos a afrontar una situación potencialmente conflictiva. Por ejemplo, cuando vamos a dar feedback a alguien para compartir nuestro parecer acerca de algún comportamiento que ha tenido, la búsqueda de la sintonización emocional desde los estados del yo va a favorecer la comunicación «de igual a igual», por lo que la comunicación será más fluida.

 

Cuando hablamos de sintonización emocional, al menos, hay que insistir una vez más en la importancia del cuidado de elementos como un entorno propicio, el lenguaje verbal y no verbal (mirada, gestos, expresión facial, postura del cuerpo, así como los componentes del paralenguaje).

 

¿Quiere esto decir que debemos impedir a toda costa que las emociones de los demás nos afecten? ¿Debemos mantenernos inertes o inmunes hacia los sentimientos que tienen las personas con las que convivimos? En absoluto, la empatía es un valor que el médico ha de tener interiorizado. Lo que sucede es que el reconocimiento de la influencia que puede tener en cada uno el contagio emocional supone una buena herramienta para proteger la propia neutralidad y el equilibrio interior.

 

En cuanto al cuidado del clima en el ambiente de trabajo, la apreciación es muy similar. Así como es necesario utilizar los medios oportunos de climatización poniendo el aire acondicionado en verano o la calefacción en invierno, uno ha de desarrollar sus recursos para catalizar el conjunto de las temperaturas emocionales con las que convive, de manera que evite una interferencia excesiva en el estado de ánimo y, por lo tanto, la calidad de vida profesional y personal.

 

Un refuerzo para potenciar el autoconocimiento y el resto de las competencias emocionales

 

«Conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los dioses.»

Inscripción en el templo de Apolo (Delfos)

 

D. Goleman9 se refiere al autoconocimiento como una competencia de lo que define como Inteligencia Emocional (tabla 5). Este autor hace referencia a diversos estudios como alguno en el que personas con miedo a las serpientes se les muestra la imagen de una de ellas muy rápido, en una fracción de segundo, junto con sensores colocados en su piel. Estos sensores son capaces de detectar sudor y otros signos asociados a ansiedad antes de que ellos mismos afirmen sentir miedo. Podríamos decir que el sujeto experimenta la emoción a través de su cerebro emocional antes de que esta se haga consciente al ser procesada en su córtex prefrontal.

 

¿Cuántas veces algo nos ha molestado y hemos pasado el resto del día más irritables y susceptibles de lo normal? ¿Pagándolo con personas o circunstancias que nada tenían que ver? Es necesario tomarse un tiempo, reconocer qué es lo que uno siente, cuál ha sido el origen del problema, qué síntomas nos ha provocado. Todo ello para responder a la siguiente pregunta: ¿qué información tengo ahora de mí mismo?

 

En muchas ocasiones, puede ser útil elaborar un registro, de manera que uno pueda analizar todo el proceso desde el primer momento en que se produjo la situación de conflicto, así como los pensamientos que le acompañaron, los comportamientos y sus consecuencias. De esta manera, un registro podrá aportarle suficiente información acerca de la manera en que sus vivencias afectan a su estado emocional y le proporcionará un recurso para posteriormente actuar en consecuencia. (Un ejemplo de registro aparece en la tabla 6, modificado de los propuestos por Olga Castanyer10.)

 

Olga Castanyer, en su libro La asertividad, expresión de una sana autoestima10, introduce la definición de asertividad como: «La capacidad de afirmar los propios derechos sin dejarse manipular y sin manipular a los demás». Afirma que las personas asertivas conocen sus derechos y los defienden respetando a los demás. Esto supone que la persona asertiva es capaz de decir no y explicar su propia postura y sentimientos hacia algo expresando también comprensión y apertura hacia los sentimientos de los demás.

El autoconocimiento es el paso previo que justifica el comportamiento asertivo. En muchas ocasiones aprendemos por imitación y, según esta autora, una persona puede no haber aprendido a ser asertiva porque sencillamente no ha tenido modelos orientados a la asertividad en su historia personal. En otras ocasiones, puede haber sufrido alguna experiencia traumática que haya condicionado su asertividad de manera que esta persona sufre un estado de ansiedad que condiciona sus respuestas. Por otro lado, también puede ser que la persona no sea capaz de asumir sus derechos y se siente supeditada a la opinión que los demás tengan de ella, lo que determina también importantes problemas de autoestima.

 

El médico de familia se enfrenta continuamente en su práctica asistencial y en sus relaciones profesionales a situaciones en las que ha de hacer uso de su asertividad. Esta es, pues, una capacidad que puede y debe ser entrenada.

 

Respecto a otras competencias de la inteligencia emocional, la autorregulación es igualmente necesaria, debemos evitar las acciones y pensamientos reactivos. El esfuerzo en el autoconocimiento y el análisis de la situación pueden modificar pautas automatizadas de pensamiento para sustituirlas por otras más útiles. De la misma manera, poseemos recursos para nuestra motivación y la búsqueda de realidades más optimistas. Para ello es importante insistir en la importancia del uso del lenguaje con los demás y con uno mismo. El uso inteligente, emocionalmente hablando, del lenguaje, es una potente herramienta de la inteligencia emocional. Todos agradecemos y reconocemos el valor que tiene una palabra de aliento frente a la palabra destructiva. La cuestión está en: ¿por qué no la utilizamos más?

 

Por último, no podemos dejar de mencionar el interés que tiene la adquisición de habilidades relacionadas con la mejora en cuestiones como la autoeficacia, la autoestima, el control de las preocupaciones, etc.

 

Cuando nos preocupamos, estamos preparándonos ante escenarios potencialmente conflictivos. El problema está en la preocupación cronificada que, como dice Goleman10, genera un ruido mental de constante ansiedad que tiende a perpetuarse y encierra a la persona en un estado impermeable a todo razonamiento sobre el asunto que le preocupa. El abordaje de la preocupación es una tarea en la que, por las dimensiones de nuestra responsabilidad, deberíamos ser entrenados. En ocasiones podría bastar con un planteamiento crítico ante las creencias que sustentan dicha preocupación, con preguntas simples como: ¿hasta qué punto es posible que ocurra el problema temido? ¿Qué puedo hacer ahora por solucionarlo? Para, a partir de aquí, trazar un plan de acción efectivo.

 

La orientación hacia el liderazgo personal

«Justifica tus limitaciones y te quedarás con ellas.»

Richard Bach

 

Francisco Yuste, en su libro Herramientas de coaching ejecutivo11, aporta varias definiciones de liderazgo. En un análisis de todas ellas, destaca una serie de habilidades que aparecen repetidas en dichas definiciones. Son las siguientes: confianza, integridad, aprendizaje, visión, escucha y osadía. Según este autor, son estas las «características que definen la quintaesencia de lo imprescindible para ser un líder».

 

En la introducción de este capítulo se habla del profesional «quemado» y se analizan algunas cuestiones que tienen que ver con este aspecto y que de alguna manera le colocan en un papel de víctima. El mismo autor hace referencia a estas personas como las que se sienten objeto de un destino adverso, motivado por unas circunstancias que les sobrepasan y ante las que no han podido reaccionar mediante acciones eficientes. Lo que caracteriza a la persona victimista es que se queja desde una posición carente de autocrítica sin hacer nada efectivo al respecto. Esto podíamos decir que es la definición opuesta al autoliderazgo.

 

Ya hemos considerado que existen cuestiones totalmente ajenas a la acción del profesional y con las que no se puede plantear acción alguna, por lo que puede que dejar de prestarles un foco de atención sea un comportamiento inteligente emocionalmente hablado. A este respecto, Creso y Fernández-Lansac12 publicaron un estudio en cuidadores de ancianos a los que etiquetaron como de alta y baja resiliencia. Observaron en aquellos de alta resiliencia una serie de características entre las que destacaban mejores capacidades relacionadas con la autoeficacia para controlar los pensamientos negativos, mayores niveles de autoestima y extraversión. Se sugiere en este estudio la posibilidad de que las personas más resilientes focalicen menos su atención en aspectos negativos de las situaciones que atraviesan, lo que afecta a una evaluación más positiva y una menor aparición de problemas.

 

Existen, por otra parte, una serie de circunstancias ante las que sí es posible actuar desde la actitud de compromiso para hacerlo y desde la puesta en marcha de una cadena de acciones que, en síntesis, se exponen a continuación.

  1. El problema concreto. ¿Qué se puede hacer?
  2. Planteemos qué hacer a modo de objetivo de trabajo.
  3. Compromiso para el seguimiento hasta el cierre definitivo del proceso.

 

El trabajo en objetivos es algo a lo que estamos muy acostumbrados los médicos de familia; los objetivos, como ya sabemos, deben plantearse con algunas particularidades para trabajar con ellos y hacerlos operativos. Algunas claves para la elaboración de objetivos aparecen en la tabla 7.

 

En cuanto al tercer punto, este es, quizá, el elemento más difícil en el proceso de autoliderazgo: el compromiso para el seguimiento hasta la finalización del proceso es la parte en la que de nuevo uno tiene que enfrentarse a sí mismo en el arduo camino de las acciones. El compromiso con uno mismo podría parecer menos importante que el que adquiere con los demás, quizá por eso fracasan tantos proyectos personales en los que uno mismo actúa como árbitro del cumplimiento.

 

El autoliderazgo supone una vuelta de tuerca más en el proceso de liderazgo; muchas personas actúan como excelentes líderes ante los objetivos de trabajo para su organización y, sin embargo, no son capaces de adoptar posturas suficientemente rotundas y constantes a la hora de mantener sus objetivos personales. No podemos por ello dejar de sugerir que un buen líder también actúa como ejemplo ante los demás. En el caso del autocuidado emocional del médico de familia, lo más importante, y también lo más esperanzador, es que, en el compromiso por el autoliderazgo, todas estas cuestiones que se pueden cambiar a mejor dependen de nosotros mismos.

 

¡Merece la pena intentarlo!

 

Resumen

Numerosos estudios demuestran prevalencias elevadas del burnout entre los médicos de familia. En este artículo se analizan algunos puntos que pueden contribuir a mejorar el autocuidado emocional del médico de familia. Entre estos destacan: la importancia de reconocer las propias emociones y modificar los sentimientos negativos, la interiorización de circuitos para la petición de ayuda, el cuidado del clima emocional del entorno con la aplicación de herramientas como la sintonización emocional, el entrenamiento en autoconocimiento y asertividad para terminar con una orientación de las acciones enfocadas hacia la búsqueda del liderazgo personal.

 

Lecturas recomendadas

Borrell F. Competencia emocional del médico. FMC. 2007;14(3):133-41.

Artículo de amena lectura que aporta importantes nociones básicas sobre la gestión de las emociones con las que habitualmente trabaja el médico de familia.

Castanyer O. La asertividad, expresión de una sana autoestima. Bilbao: Serendipity; 1996.

Manual básico para la comprensión de la asertividad como concepto que además aporta un buen número de herramientas para adquirir y entrenar habilidades asertivas. Muy práctico para la vida diaria.

 

Bibliografía

  1. Sibbald B, Enzer I, Cooper C, Rout U, Sutherland V. GP job satisfaction in 1987, 1990 and 1998: Lessons for the future? Fam Pract. 2000;17:364-71.
  2. Navarro D, Ayechu A. Huarte I. Prevalencia del síndrome de burnout y factores asociados a dicho síndrome en los profesionales sanitarios de Atención Primaria. Semergen. 2015;41(4):191-8.
  3. Cebriá J, Segura J, Corbella S, Sos P, Comas O, García M, et al. Rasgos de personalidad y burnout en médicos de familia. Atención Primaria. 2001;27(7):39-52.
  4. Ortega C, López F. El burnout o síndrome de estar quemado en los profesionales sanitarios: revisión y perspectivas. Int J Clin Health Psychol. 2004;4(1):137-60.
  5. Cebriá J, Palma C, Segura J, Gracia R, Pérez J. El entrenamiento en habilidades de comunicación podría ser un factor preventivo del síndrome de burnout en médicos de familia. Rev. Psiquiatr. Fac. Med. Barc. 2006;33(1):34-40.
  6. Borrell F. Competencia emocional del médico. FMC. 2007;14(3):133-141.
  7. Bris J. Coaching para dejar de Fumar. Madrid: CCS Editorial; 2016.
  8. Yuste F. Herramientas de coaching personal. Bilbao: Desclée de Brouwer; 2010.
  9. Goleman D. Inteligencia emocional. Barcelona: Kairós; 2005.
  10. Castanyer O. La asertividad, expresión de una sana autoestima. Bilbao: Serendipity; 1996.
  11. Yuste F. Herramientas de coaching ejecutivo. Bilbao: Desclée de Brouwer; 2014.
  12. Crespo M, Fernández-Lansac V. Resiliencia en cuidadores familiares de personas mayores dependientes. Anales de Psicología. 2015;31(1):19-27.

 


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