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A hombros de gigantes
Vacuna viene de vaca
Josep Maria Vilaseca Llobet
Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria
CAP Comte Borrell. Barcelona
Profesor de Historia de la Medicina. Facultad de Medicina. Universitat de Barcelona
Profesor de Arte y Medicina. Universitat de Vic
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Presentamos una nueva sección: «A hombros de gigantes»

El progreso siempre se construye sobre las bases que han preparado con su trabajo otras personas que nos han antecedido. La evolución, ya sea tecnológica, cultural, social o moral de una generación, no es más que un paso más de la evolución de la generación anterior. Bien lo señalaba Quino en una de sus tiras de Mafalda en la que podíamos ver a un abuelo con traje y corbata que al cruzarse por la calle con un hippie melenudo y floreado se escandalizaba diciendo: «Esto es el acabose». Mafalda le corregía ingeniosamente: «No, señor, es el continuose del empezose de ustedes».

 

Pero en esta continua evolución se producen a veces hechos que representan un gran salto evolutivo, otros que son verdaderas muestras de ingenio e, incluso, algunos que no están exentos de cierta épica.

 

La historia de la medicina no queda al margen de «hazañas» de estas características, algunas bien conocidas, pero otras poco reconocidas e incluso olvidadas. Para desempolvar las unas y otorgar justo mérito a las otras, iniciamos una nueva sección: «A hombros de gigantes».

 

Su título quiere poner de manifiesto cómo las aportaciones de algunos grandes profesionales han aumentado de manera notable nuestra perspectiva. Subidos a hombros de estos auténticos gigantes de la medicina, nuestra visión consigue alcanzar horizontes profesionales más lejanos.

 

Iremos publicando de forma periódica momentos importantes, espectaculares, originales, épicos, anecdóticos… de la historia de la medicina con un personaje protagonista. La intención no es publicar un artículo de historia «pura y dura», sino explicar en forma de «historia novelada» o historia «con toque de autor» momentos y personajes de relevancia especial. Se tratará pues de artículos breves, con contenido de interés y de fácil lectura. A modo de ejemplo, sabremos qué tiene que ver la «t» de Student con la cerveza Guinnes, o por qué el factor intrínseco de Castle recibe este nombre. Empezamos hoy la sección recordando que «vacuna viene de vaca».

 

La vacuna contra la viruela, hoy día, marca un cambio de generación: los «marcados» respecto de los «no marcados». En efecto, hasta la erradicación de la viruela de la faz de la tierra, en 1977, se vacunaba sistemáticamente a toda la población. En España, los nacidos en la década de 1970 o anteriormente, lucimos en nuestro cuerpo la cicatriz indeleble de dicha vacuna. A sabiendas de que la señal era perenne, habitualmente se vacunaba a los niños en el brazo y a las niñas en el muslo o en la nalga; es decir, en zonas no expuestas a las miradas indiscretas. (Este concepto de «zonas no expuestas» también ha cambiado en una generación.)

 

La vacunación deja de tener sentido cuando el virus de la viruela deja de transmitirse. Digo transmitirse, porque hay noticias de que algunas cepas del mismo se conservan con fines científicos en sendos laboratorios de Estados Unidos y de Rusia. Quizás la vacunación volvería a tener sentido si en algún momento el virus se propagara de nuevo con fines militares o accidentalmente... Pero esto es otra historia.

 

«Vacuna» deriva de «vaca». ¿Qué tienen que ver las vacas con la viruela? Nos remontamos a principios del siglo XVIII. En aquel entonces, la viruela era un problema sanitario de primer orden, con una elevada tasa de mortalidad. Fue, involuntariamente, uno de los instrumentos con los que los conquistadores diezmaron a los nativos americanos. Fruto de la observación, aún sin conocer los microrganismos, los médicos de aquel entonces sabían que si un individuo había estado infectado por la viruela, no volvería a contraer la enfermedad en su vida. Por ello, se practicaban las llamadas «inoculaciones»: se extraía líquido de las pústulas de enfermos variolosos y se inoculaba mediante incisiones subcutáneas a los niños con el fin de producir una viruela leve y evitar que en el futuro sufrieran una infección por viruela que pudiera conducir a la muerte. Desafortunadamente, y como se puede imaginar, la gravedad de la viruela «inoculada» no dependía del médico ni de la inoculación, y algunos sujetos desarrollaban una grave viruela e incluso morían.

 

No tenemos datos epidemiológicos del balance riesgo-beneficio de las inoculaciones. Pensemos, en favor de nuestros antecesores, que realmente la inoculación tenía algunas posibilidades de ser efectiva, a pesar de nuestras dudas. Pero está claro que, siguiendo el principio de primum non nocere, no era el método ideal.

 

En aquella época era sabido que existía una variante de la viruela que afectaba al ganado vacuno, y que los ganaderos podían contraerla. Se creía que la vía de transmisión era a través de las pústulas situadas en las ubres, que entraban en contacto con las manos de los ordeñadores. Aquellos que habían sufrido la viruela bovina no enfermaban jamás de la viruela humana.

 

La viruela bovina era más benigna que la viruela humana. De ahí que el médico inglés Edward Jenner, conocedor de la creencia popular (acertada) de que la viruela vacuna protegía de la viruela humana, tuvo la genial idea de inocular pus de viruela bovina en humanos para prevenir el contagio por viruela humana.

 

En definitiva, se trataba de provocar artificialmente una enfermedad para evitar el contagio de otra más grave. A pesar de que la viruela humana causaba una gran mortalidad infantil, las madres no parecían muy proclives a permitir que el inspirado doctor Jenner experimentara con sus hijos. En uno de los textos consultados, se menciona que el niño de 8 años llamado James Phipps, al que Jenner inoculó la secreción de pústulas de las manos de una vaquera, era el hijo de su jardinero. Al ser el padre un empleado del doctor Jenner, parece razonable pensar que, de negarse, su empleo peligraba. No sabemos si movidos por la convicción, la esperanza u otros motivos, los padres de James permitieron, en 1796, que su hijo pasara a la fama por haber sido inoculado inicialmente con extracto de viruela vacuna, y unas semanas más tarde, para rizar el rizo y demostrar la eficacia de dicho procedimiento, con extracto de viruela humana. Sí, el niño pasó a la fama por ser el primero en experimentar un proceso exitoso. Mejor no pensar en lo contrario...

 

Jenner siguió con atención la evolución del niño, y profundamente convencido de su éxito, lo comunicó escribiendo un artículo con todo lujo de detalles a la Royal Society de Londres. Muy educadamente, los miembros de la Royal Society le respondieron que sus resultados eran muy revolucionarios y debían ser comprobados en un mayor número de sujetos. Hoy diríamos que el tamaño de la muestra era insuficiente.

 

Jenner no cejó en su empeño, y repitió el experimento aumentando el número de sujetos, incluso inoculando a uno de sus hijos. Cuando uno está convencido de algo, a veces actúa temerariamente... En 1798 publicó un libro relatando sus experimentos, y llamando «vacuna» al extracto, puesto que proviene de la vaca. Pero ni por esas Jenner consiguió la aclamación popular, sino todo lo contrario: fue criticado e incluso satirizado desde varios frentes. Aunque finalmente la Royal Society se rindió a la evidencia y publicó los resultados de Jenner (corregidos, claro está), el reconocimiento oficial no le llegó hasta 1802 con la concesión de una suma de dinero por parte del rey a petición del parlamento.

 

La contribución española al éxito de la vacunación antivariolosa se produjo muy tempranamente, en 1803, con la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que con el apoyo del rey Carlos IV pretendía vacunar a todos los niños del imperio. ¿Remordimientos de conciencia por exportar la viruela a América, o simplemente afán preventivo? La conocida como «expedición Balmis» (en honor de su inspirador y director) duró más de 10 años, y consiguió vacunar a miles de niños de América del Sur. Los médicos militares Francisco Javier Balmis y José Salvany, acompañados de sus equipos, recorrieron los territorios españoles desde la actual Venezuela en dirección septentrional y meridional, respectivamente. Generosa iniciativa que llegó cuando el mal ya estaba hecho, aunque: ¡más vale tarde que nunca!

 

¿Soñaría Jenner con que sus extractos serían purificados, con que posteriormente se fabricarían industrialmente, se administrarían mediante inyecciones subcutáneas precargadas y se aplicarían a multitud de enfermedades? Probablemente no.

 

Y con el paso del tiempo, las vacunas han triunfado de tal forma que algunos productos inyectados se denominan popularmente «vacunas». Véase, por ejemplo, «la vacuna del embarazo» (inyecciones de progesterona) o las «vacunas de la alergia» (inmunoterapia específica que tiene el efecto contrario al que producen las vacunas).

 

No lo olvidemos: ¡vacuna viene de vaca!

 

AMF 2018;14(7):429-430 | ISSN (Papel):1699-9029 | ISSN (Internet):1885-2521
Comentarios
Josep Maria Vilaseca | 18-09-2018
¡Moltes gràcies a ti, Guillermo! Cuento contigo como lector y espero tus comentarios sobre los siguientes artículos de esta sección.
Guillermo García | 17-09-2018
Enhorabuena Josep por el artículo, de auténtico disfrute: por lo que cuentas y por cómo lo haces. Moltes gràcies
Josep Maria Vilaseca | 28-08-2018
Mcuhas gracias Ana Curiel por tu interesante aportación. Ambas obras parecen de lectura amena, cada una para su público. Y sin duda contribuyen a remarcar la importancia capital de la gesta de Balmis, quizás no suficientemente publicitada en nuestro país.
ANA CURIEL | 23-08-2018
Para saber mas sobre las gesta de Balmis, aquí van dos libros sobre ella. "A flor de piel" de Javier Moro, que realizo una profunda investigación sobre el tema coincidiendo con el segundo centenario de la expedición, Y otro, este para jóvenes lectores "Balmis y los niños de la vacuna" (Sabelotod@s).