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Dia 58. Salva Tranche y las ciudades de las que nos habló

Guillermo García Velasco

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria CS La Calzada. Gijón

Guillermo García Velasco

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria CS La Calzada. Gijón

En el prólogo de su libro Las ciudades invisibles1 (gracias, Rubén, por regalarme este maravilloso libro) Italo Calvino dice que «las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son solo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos».

Nuestro compañero y amigo Salvador Tranche visitó muchas y en ellas intercambió ideas, experiencias, anhelos, escuchó a los sabios y otros le escucharon a él, y a su regreso hizo lo mismo que Marco Polo con Kublai Kan, emperador de los tártaros, nos contó —emocionado— lo que había visto. Y le escuchamos con los ojos bien abiertos. Y la verdad es que algunos le seguimos teniendo presente en los pequeños gestos que aparecen de forma inesperada, en algún guiño mínimo que nos deparan los días que vivimos.

La ciudad que sonríe

Ana, la residente con quien comparto formación y preguntas en su cuarto año de residencia, llama al siguiente paciente. Le saluda y al nombrarle e invitarle a entrar en la consulta, ya desde la primera sílaba, pareciera que entona una melodía dulce. Pronuncia y entona ese nombre como si fuera un fragmento del más alegre Mozart o de una canción de anuncio de cerveza en verano. No importa que el nombre lo formen dos o tres sílabas, incluso una (Mar, Luz, Juan…), lo que traduce al llamarlo es: «Hola, ahora eres tú, ahora es tu turno; es verdad que vamos con retraso, que has esperado un poco pero ahora eres tú lo más importante para nosotros, intentaremos hacerlo lo mejor posible». Y Ana sonríe al mismo tiempo que habla, que abre la puerta, que le invita a pasar, que le acomoda en la silla, que le mira a los ojos, que le pregunta: «Cuéntame, ¿en qué te podemos ayudar?». No importa que esté saliente de guardia, que haya tenido una semana dura, que un curso de la Unidad Docente la lleve de cabeza o que le falten horas para todos sus proyectos… porque con la sonrisa, con la bienvenida al paciente, no se negocia, esa línea roja no piensa cruzarla por muy cansada y descorazonada que esté ese día.    

Salva regresó de una ciudad llamada «Germinal». Se encuentra al norte, caminando 64 días al norte, siempre al norte. -No tiene pérdida, nos dijo. Es cuestión de no desviarse, si no lo haces, si no tomas atajos, si no pretendes llegar antes de tu momento es imposible que te pierdas. Y nos «habló» sin pronunciar palabras, haciendo de la sonrisa y del gesto amable la llave con la que se abren muchas puertas. Así fue como Salva nos enseñó y pudimos ver sus calles sin haberlas recorrido jamás, identificamos el olor del serrín y la resina sin cruzar las puertas de aquella carpintería; así fue como sentimos el abrazo de quien estaba en la otra punta del mundo. Salva sonreía cuando lo contaba y cuando escuchaba. Claro, le sonreían los ojos, los que no engañan… por eso le creímos. A veces añadía poesía a su relato y a veces pausas, que hablaban por él cuando parecía «estar en otra parte».

La ciudad del esfuerzo

Ya es muy tarde. La mañana ha sido densa, todos los huecos ocupados, el paciente que en el final de su vida vas a ver cada día (y hoy no será menos), las consultas no demorables o «metienenqueverhoy» y el aviso domiciliario inesperado. Otro día que Amparo, la médica-frontera con mi consulta, comerá casi a la hora de la merienda. Su pareja le dice que algo debe estar haciendo mal, que no se explica «por qué todos los días llega tan tarde, que un día vale, pero que ¡todos…!». Y no, no hace nada mal, al contrario. Desde su lugar en el mundo lo único que Amparo busca cada mañana es tratar de hacer bien su tarea y que al final de cada jornada, al deshacer el camino, sienta que ha hecho lo que tiene que hacer. Y claro que protesta a veces, que manifiesta su disconformidad con la organización de la Atención Primaria, con la dejadez de muchas administraciones de muchos colores, que de forma crónica (desvergüenza sistemática, nada de aleatoria) maltrataron a una promoción tras otra de médicas de familia, empujándoles al exilio o a las urgencias del hospital (mejores contratos, más estabilidad). En aquellos tiempos, ante la demanda de dignidad para los médicos sustitutos escuchó decir a uno de los que «mandaban»: «Es que el Servicio de Salud no es una agencia de empleo, de eso no tiene que preocuparse». De aquellos barros… estos lodos. Pero lejos de desanimarse o de acumular hiel, hace de su trabajo su bandera. Esto es lo que soy, viene a decir.

Salva está en la ciudad de los artesanos. Llegó ayer a última hora de la noche en un junco que cogió en el último suspiro. Casi lo pierde. A primera hora tiene que levantarse para una reunión con el gremio de los curtidores de pieles. Luego inaugurará el congreso de talladores de piedra y al final del día le espera una cena de trabajo con los apicultores de la comarca. Es un no vivir, un no parar constante. Hoy aquí y mañana allá. Y siempre con todo leído, todo preparado. Sus días no tienen más horas, las roba del sueño, de los huecos vacíos que encuentra, toma algunas prestadas a los amigos prometiéndoles muy serio que las devolverá. Trabaja para saber, a veces para saber las respuestas y otras para saber las buenas preguntas. Mira los datos, la información, transforma todo en conocimiento y sin que él se dé cuenta nos acaba pareciendo un sabio. Sabe que así, solo así, trabajando a destajo, es como puede sentarse con los pedreros y dialogar sobre el tipo de talla que realzará el valor de la piedra. Es entonces, con tantas horas de trabajo y dedicación detrás, como Salva se acercará a muchas piedras y les dará forma buscando que la luz se refleje en todas sus facetas. Es organizado, minucioso y muy hábil. Ha aprendido a ser preciso, ágil, a tener pulso y seguridad. Está pagando un precio, pero para él su tarea merece todo el tiempo. Sabe que trabaja con algo muy frágil: las personas.

La ciudad del encuentro

La semana acaba en un encuentro con las asociaciones de vecinos. Hace 2 años, el Servicio de Salud redujo el número de puntos de atención continuada y concentró esta atención en cuatro centros de salud a lo largo de la ciudad. El resto de centros cerró sus puertas a la atención de las urgencias en horario de tarde. Como sucede con casi todos los problemas complicados, los orígenes de esa situación son varios, entre los que no es el menor una plantilla envejecida y, en consecuencia, un número insuficiente de profesionales para mantener tantos centros abiertos. La mejora de la atención, disponer de más medios (ecografía, analítica seca, áreas de observación) y evitar el fenómeno del «centro vacío» cuando los profesionales tienen que desplazarse a los domicilios en aquellos centros atendidos por un solo equipo (médica y enfermera) son algunas de las razones técnicas argumentadas para el cambio de modelo. Las asociaciones se han movilizado a varios niveles contra esa decisión y persiguen la reapertura de todos los centros tal y como estábamos en situación prepandémica.

Los coordinadores de los centros de salud han colaborado activamente en la búsqueda de soluciones, en tareas educativas de la ciudadanía a través de sus representantes vecinales y en último caso han manifestado su opinión sin temor a los focos ni a verse retratados. En esta reunión, el Servicio de Salud propone un nuevo plan con la apertura de un centro más y explica su postura; vecinos y profesionales hacen lo mismo exponiendo sus razones. Nadie parece moverse de sus argumentos, aunque al menos se deja un espacio para seguir construyendo una solución que satisfaga a todos. No va a ser fácil, pero al menos seguimos escuchándonos unos a otros.

A Salva le preocupan las piedras que forman los puentes. No ensalza la piedra angular o la más vistosa, para él todas valen lo mismo simplemente por la función que desempeñan: sostener el puente allá donde estén. En su viaje ha visitado ciudades de desencuentros, hechas de gestos amargos, de voces que gritan y hacen ruido, ha visto demasiadas veces dar la espalda y cerrar sus puertas al otro, ignorarle solo por un pensar diferente, es por eso por lo que dedica gran parte de su energía y tiempo a tirar cables y unir los extremos en cada lado. Uno de sus sueños incumplidos fue no ver las tres sociedades científicas de AP ir como una sola, de la mano. Y es que no siempre ha sido fácil abrirse paso entre quienes están en la otra orilla. Su defensa de una Atención Primaria fuerte y robusta, su fe en la medicina de familia como una herramienta de salud y equidad, su militancia para defender esta como área de conocimiento en la universidad ha levantado no pocas suspicacias. Pero ha seguido transmitiendo, entusiasmado, voz serena, el valor de resaltar lo que tenemos en común por encima de nuestras diferencias.    

Las ciudades nacidas

En el mismo día, en destellos breves y deslumbrantes, veo desfilar ante mí todas esas ciudades de las que Salva nos habló un día sí y otro también. Son fotogramas que, a medida que se suceden, dan buena cuenta de la dimensión de lo alcanzado y soñado. Miro la calle a través de la ventana de la consulta de José donde están escritos los países de los pacientes que vienen y van y veo a Salva poner su aliento en ese cristal defendiendo la visión comunitaria de nuestro quehacer. En la terraza que da al valle miro a José F, a Óscar, Chema… observar en silencio el paisaje con los ojos cansados mientras a su lado Salva los anima a seguir volando. Más arriba Natalia nos cuenta desde la Unidad Docente su alegría, su felicidad, cuando recibió hace unos días la solicitud de reacreditación como tutor de Salva, «que alguien como él siga creyendo en la docencia en estos tiempos tan áridos —dice— es un chute extra de energía»; leo la carta (figura 1) que le escribió la última estudiante de medicina que tuvo Salva en su consulta haciendo con él el rotatorio clínico de sexto curso.

Figura 1. Carta de la última estudiante de medicina que estuvo con Salvador Tranche haciendo su rotatorio clínico de sexto curso.

 

Y salto desde ese «día histórico» a los ojos de Verónica, luchadora de profesión, que tantos viajes ha compartido defendiendo la presencia digna de la Medicina de Familia y Comunitaria en la universidad, sin retales, sin remiendos, sin pedir perdón. Me detengo entonces en Albert, Álvaro, Rubén, Susana, Alfonso… en otros muchos incansables luchadores, de la misma estirpe que Salva, siempre defendiendo el papel de la AP más allá de las palabras. Cruzo las puertas del congreso de semFYC y ya no hay stands con paraguas, toallas y «pichigüilis» de regalo al lado de la publicidad del antidiabético de turno; Salva y sus compañeros de la Junta de semFYC fueron sensibles (y no era fácil) a una de las miradas más exigentes que reclamaba congresos libres de humos industriales. Juntos soñaron ese sueño, juntos lo consiguieron, por eso María habla a borbotones del significado de su pérdida, por eso Reme y las demás se sienten huérfanas.

A una persona no la definen sus dimensiones, tampoco a Salva. Son su familia, sus amigos, su gente, sus relaciones… las que le conforman y determinan. Tenemos también una gran deuda con ellos, sus compañeros de viaje.  

Repaso mis conversaciones con Salva. Su última línea en WhatsApp fueron cuatro palabras: «Por supuesto, cuenta conmigo».

Bibliografía

  1. Calvino I. Las ciudades invisibles. Madrid: Siruela; 2002.  

AMF 2022; 18(2); 3095; ISSN (Papel): 1699-9029 I ISSN (Internet): 1885-2521

Comments

Fernando 01-03-22

«Por supuesto, cuenta conmigo»

Susana 01-03-22

Agradezco la fortuna de haber conocido a constructores de puentes, como Salva. Releo tu día 52 y cada palabra me recuerda su sonrisa, su dedicación, su ilusión, y me lleno de energía. Agradezco cada día que nos regalas, Guille, constructor de puentes.

Jose Maria 01-03-22

Si estais salientes de una guardia descansar al menos 12 horas antes de incorporaros al siguiente turno. No prolongueis vuestro trabajo más allá del horario laboral, procurar no hacerlo nunca y por supuesto no lo hagais por rutina. No comais a la hora de la merienda, no es sano. Por supuesto no debeis convertir vuestro trabajo en vuestra bandera. Trabajar para poder vivir, no al revés. Y todo esto con vocación cuidando de vuestros pacientes y cuidando de vosotros mismos siempre, sois lo más importante de vuestra vida. Un abrazo.

Luis Andrés 25-02-22

Pura vida, Salva y pura vida Guillermo. Contad conmigo