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El relato

He terminado la residencia ¿y ahora qué?

Virginia Nieto Lorasque

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria CS El Espinillo. Madrid

Virginia Nieto Lorasque

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria CS El Espinillo. Madrid

Eso es lo que me preguntaba el año pasado cuando se acercaba el final de mis cuatro años de residencia de Medicina Familiar y Comunitaria. Con una mezcla de sentimientos que iban desde la ilusión por empezar a despegar como adjunta hasta el miedo y la incertidumbre ante la nueva etapa, comencé a redactar mi currículum vítae.

 

Es una tarea interesante escribir tu currículum. Rescaté mi carpeta de «papeles importantes» de la estantería y me dispuse a recoger por escrito los certificados de los cursos, los talleres y los congresos a los que había asistido, los grupos de trabajo en los que participaba, los artículos que había publicado… y me di cuenta de todo lo que han dado de sí estos cuatro años. Parece que más allá de las horas de consulta, de las guardias en el hospital, en el SUAP, en el SAR, en el SUMMA y las rotaciones por las distintas especialidades, había podido impartir talleres de educación para la salud, asistir a cursos de electrocardiografía, de dermatología, de insulinoterapia, de oftalmología, de cirugía menor, de ginecología, de salud mental, etc., etc. Y es que los médicos de familia somos así, «multidisciplinares». Y así, una vez más, me sentí orgullosa de nuestra especialidad. ¿Os habíais planteado alguna vez lo bonito e interesante que es un currículum de un médico de familia?

 

Y ya tenía escrito el currículum. ¿Qué «debía» hacer ahora? Y es entonces cuando empiezas a escuchar lo que dice la gente de tu alrededor, tus compañeros, tu tutor, los médicos del centro de salud, tus amigos, tu familia. ¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Ya te quedas a trabajar en el centro donde has hecho la residencia, verdad? Pero… y entonces, ¿tienes que empezar a buscar trabajo? Pero… ¿el MIR no es una oposición? ¿Tienes que hacer otro examen?

 

Y ves como tus compañeros tienen opiniones diversas sobre la residencia, sobre ser médico de familia, sobre el futuro… y unos dicen que ya «tienen todo el verano cubierto y doblarán todo lo posible por si luego vienen mal dadas», otros se toman unos meses sabáticos para «pensar» o descansar, otros «no quieren volver a pisar una consulta de primaria» y optan por el mundo de la urgencia o por repetir el MIR «a ver qué pasa», porque claro, muchos de los compañeros que se han formado conmigo no pueden quedarse a trabajar en España, porque el visado de estudiante con el que vinieron al país ya no les sirve para trabajar como médicos de familia en nuestra sanidad pública. ¿Qué está pasando? ¿Formamos médicos y se tienen que ir a trabajar a otro país? Y así, se puede ver que la gente repite el MIR por esta razón o bien por tener otros 4 o 5 años de contrato de trabajo seguro, porque claro «según están las cosas, ¿quién me hace hoy en día un contrato de 4 años en el que pueda tener cierta estabilidad en mi vida?». Y todo esto te hace pensar…

 

Pero… ¿Qué pienso yo? Todo lo que hacen o dicen los demás te hace reflexionar y siempre me ha gustado escuchar a la gente, pero hay ocasiones en las que hay que volver al punto de partida y preguntarte qué es lo que te hizo empezar todo esto. Por qué has dedicado tantas horas, tantos días, tantos años a la medicina. Y es que yo quería ser como ese médico que llevaba siempre «ese aparato» colgado del cuello y que cuando lo ponía en mi espalda estaba tan frío, que me tocaba la tripa cuando me dolía, que tenía en su consulta poco más que una mesa, una camilla y un pequeño armario del que podía sacar «artilugios» tan variados como «un palito de madera» para mirarme la garganta, una gasa para curarme una herida, una caja de paracetamol, un vademécum, una linterna o una libreta (que siempre acababa regalándome «para que le dibujara algo y se lo trajera otro día»), pero sobre todo que sabía mi nombre, que preguntaba por mis padres, que iba a visitar a mi abuela a casa cuando terminaba la consulta. Y es que yo quería ser como él… médico de familia.

 

Y a eso de «familia» se añadió otra palabra de la que poco sabía antes de comenzar la residencia: «comunitaria». Es el apellido que finalmente da un sentido completo a nuestra especialidad. Que nos abre la mente y nos hace muy diferentes de otras especialidades. Trabajamos con la madre, el padre, el abuelo, el hijo… pero también con sus vecinos, con los niños del colegio de enfrente, con grupos de inmigrantes, con grupos de mujeres de otras etnias, con adolescentes…

 

Entonces, ¿yo qué hago? Pues… a moverse ya. Es cierto que las cosas no suelen venir «regaladas» y hay que buscarse la vida. No es un camino de rosas y tienes que seguir luchando, pero cuando por fin trabajas en lo que quieres, ves las cosas de otra manera. Me apunté en la bolsa de trabajo, envié currículos a centros de salud y hablé directamente con varios directores de centros para insistir en que me llamaran si necesitaban suplentes. Y así finalmente, y antes de lo que yo pensaba, me llamaron y comencé a trabajar, con mis ilusiones y mis miedos en el maletín cada día, pero «despegué», y aquí estoy un año después, también con mis ilusiones y mis miedos, pero con la convicción de que hice lo que debía, aunque hay que reconocer que es cierto, que hoy en día cuesta más mantener vivo ese sentimiento.

 

La vida del suplente es «dura». Los días más grises te preguntas, ¿pero qué médico de familia es el que está cada día en una consulta diferente? ¿Qué tipo de medicina puedo hacer yo así? Y cada día tienes que responder (y varias veces) al clásico «¿y no está la doctora hoy?... ¿pero otra vez está el doctor de vacaciones?... ¡Vaya! Yo que venía a contarle una cosa a la doctora… bueno, pues ya que estoy aquí hágame estas recetas…», y además casi siempre te toca estar de urgencias o de avisos (curiosamente…). Hoy estoy por la mañana, mañana por la tarde, trabajas de lunes a viernes (no cobras el fin de semana)… Pero poco a poco esos días sueltos se van convirtiendo en una baja maternal de 4 meses, que empalmas con una excedencia y así te van conociendo los pacientes, y tú a ellos, y vas haciendo medicina de familia   ¡hasta comunitaria en ocasiones!

 

¿Habrá OPE o no?, ¿Me llamarán de la bolsa para ofrecerme algo «interesante»?, ¿Serán amables en este centro de salud? ¿Cómo será la población? ¿Tendrán mucha demanda? Pufff… otra vez a presentarme, ¿cómo repartís las urgencias? ¿Y los avisos? ¡Vaya! ¿Cómo se llamaba la auxiliar? Son las 21:00, ¿dónde quedará este domicilio?

 

No hay días negros, sólo alguno gris. Quizá hoy en día gris oscuro. Mantengamos la llama viva y recordemos lo que somos, médicos de familia.


AMFj2013;2(6):6

AMF 2013; 9(11); 1730; ISSN (Papel): 1699-9029 I ISSN (Internet): 1885-2521

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