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Abril 2026
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Las uñas pintadas

Eulàlia Borrell Thio

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria ABS Sant Roc. Badalona. Barcelona

Eulàlia Borrell Thio

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria ABS Sant Roc. Badalona. Barcelona

Este relato ha sido el ganador del segundo premio del II Concurso de Relatos de AMF.

 

—Doctora, hoy lleva las uñas pintadas.

—Sí, María, no acostumo a portar-les pintades, però el meu fill de 7 anys està com boig i va darrera de tots els potets d’esmalts de colors... L’altre dia vam fer un pacte i m’ho vaig deixar fer.

—Pues para ser un niño me parece que lo hace bastante bien; a mi Mari, de 9 años, le encanta también, pero no dejo que pinte a su hermano, el de 5 años, y a Juan (12 años) ya ni pensarlo, se le reirían en el cole. A la niña le viene de mí misma, que en la peluquería pasamos muchas tardes. Doctora, cuando quiera, se puede pasar y le hago un diseño muy bonito.

—Gracias, María, tomo nota, a ver si buscamos un día y puedo ir.

La María surt de la consulta i es troba amb una veïna, la Carmen.

—Hay que ver las uñas que lleva la doctora.

—Cuando fui el otro día, ya las llevaba pintadas rojas y naranja…

—Se ve que se lo hace su hijo, deja que el niño se las pinte.

—Pues mira, a mí me parece estupendo; ¡tanto rollo que hemos pasado nosotras con esto de que las mujeres han de ir siempre a la última y que los hombres han de ser muy machitos!

—El otro día una clienta vino con su hijo adolescente, el niño de la Lola, y, mientras esperaba a su madre, venga a mirar los esmaltes, y al final se atrevió a pedirme si se las podíamos pintar; ¡que de vueltas da el mundo!

—Pues sí, pero ya te digo que yo lo veo bien, si es para que nos dejemos de tanta tontería, y a ver si a nuestros hijos les van las cosas mejor que a nosotras.

La doctora, quan acaba les visites presencials, se’n va al domicili a veure la Blanca. Li obre la porta la Teresa, la mare de la Blanca, amb dos nens, l’Alba i el Pablo, els nebots de la Blanca. Anem a la sala d’estar.

—Hola, Blanca.

Veig que les pintures ja son sobre la taula.

—Hola Blanca, com estàs avui? Estic impacient. —Agito les mans—. Quin color em posaràs avui?

La Teresa em contesta ràpidament. Ella ha esdevingut la veu de la Blanca, la seva intèrpret; quan la Blanca vol dir alguna cosa i no li surt, mira la seva mare i ella contesta:

—Hoy está más animada, han venido los peques a verla. Su padre los ha dejado un rato mientras iba a por recados y comprará esmalte verde, que ya se está terminando.

El pare dels nens sol mantenir-se una mica apartat, intenta guardar distancia emocional en tota aquesta situació, està espantat per tot el que els està tocant viure: la seva germana cada cop està pitjor, ja li costa parlar, quasi no pot escriure… Pensa: «¡Maldita demencia!, a mi padre se lo llevó pronto… y a mi hermana ya le está atacando el monstruo». Però les visites dels nebots són molt reconfortants per a tots, i la Teresa i jo mateixa estem encantades de ser voluntàries perquè la Blanca practiqui en les nostres mans el que els hi farà als petits.

Mentre parlem dels fills, i d’altres temes, la Blanca balbuceja:

—Yo no tengo hijos... No he tenido tiempo...

—Blanca, esto ya lo hemos hablado, ¿y ahora qué harías con un hijo?, ¿me lo quedaría yo?

Les ungles ens ajuden en les situacions difícils, i ens posem mans a l’obra, mai millor dit.

Des de fa tres mesos, vaig a veure-les regularment i mentre parlem, la Blanca em pinta les ungles, hi ha dies que m’adorna de colors vermell, taronja, groc; sé que són dies bons, amb més tendresa i esperança; altres dies els tons són blau, negre, verd... Són dies freds, difícils, d’enuig i tristor.

—Adiós, Blanca, adiós, Clara, hasta el próximo miércoles.

Ens abracem i la mare sempre sempre em diu que estan molt contentes d’aquestes visites i que quan hi soc la Blanca s’esforça per seguir el fil de la conversa i per parlar una mica més de l’habitual. Els petits m’acompanyen a la porta i em donen la maneta amb ditets despuntats de motets de colors vius.

Mentre soc a l’ascensor em venen records: «Mare, penso en tu i en tots els que heu tingut demència».

Amb el temps, el traç que fa la Blanca cada cop és més dolent i l’esmalt se li escapa per fora de les ungles, però em resisteixo a desmaquillar-me; m’estic tornant tota una experta quan a casa m’arreglo el què ha acolorit, i mentre ho faig penso: «Com et trobaré a faltar, Blanca, perquè en aquestes visites el que em pintes és un somriure al cor».

I després, a la consulta, ja tinc uns quants relats diferents per explicar aquestes ungles estrafolàries, que vaig adaptant a conveniència per a cadascun dels meus pacients.

—Doctora, hoy lleva un color muy bonito.

—Gracias, Antonio, es que el sábado fui caminando hasta el paseo y me contagié del color del mar.

—Mañana, si tengo tiempo, me acercaré a ver el mar…

 

(traducción)

 

—Doctora, hoy lleva las uñas pintadas.

—Sí, María, no suelo llevarlas pintadas, pero a mi hijo de 7 años le vuelven loco y va detrás de todos los botecitos de esmaltes de colores… El otro día hicimos un pacto y le dejé que me pintara las uñas.

—Pues para ser un niño me parece que lo hace bastante bien; a mi Mari, de 9 años, le encanta también, pero no dejo que pinte a su hermano, el de 5 años, y a Juan (12 años) ya ni pensarlo, se le reirían en el cole. A la niña le viene de mí misma, que en la peluquería pasamos muchas tardes. Doctora, cuando quiera, se puede pasar y le hago un diseño muy bonito.

—Gracias, María, tomo nota, a ver si buscamos un día y puedo ir.

María sale de la consulta y se encuentra con una vecina, Carmen.

—Hay que ver las uñas que lleva la doctora.

—Cuando fui el otro día, ya las llevaba pintadas rojas y naranja…

—Se ve que se lo hace su hijo, deja que el niño se las pinte.

—Pues mira, a mí me parece estupendo; ¡tanto rollo que hemos pasado nosotras con esto de que las mujeres han de ir siempre a la última y que los hombres han de ser muy machitos!

—El otro día una clienta vino con su hijo adolescente, el niño de la Lola, y, mientras esperaba a su madre, venga a mirar los esmaltes, y al final se atrevió a pedirme si se las podíamos pintar; ¡que de vueltas da el mundo!

—Pues sí, pero ya te digo que yo lo veo bien, si es para que nos dejemos de tanta tontería, y a ver si a nuestros hijos les van las cosas mejor que a nosotras.

La doctora, cuando termina las visitas presenciales, se va al domicilio a ver a Blanca. Le abre la puerta Teresa, la madre de Blanca, con dos niños, Alba y Pablo, los sobrinos de Blanca. Vamos a la sala de estar.

—Hola, Blanca.

Veo que las pinturas ya están sobre la mesa.

—Hola, Blanca, ¿cómo estás hoy? Estoy impaciente. —Agito las manos—. ¿Qué color me pondrás hoy?

Teresa me contesta rápidamente. Ella se ha convertido en la voz de Blanca, su intérprete; cuando Blanca quiere decir algo y no le sale, mira a su madre y ella responde.

—Hoy está más animada, han venido los peques a verla. Su padre los ha dejado un rato mientras iba a por recados y comprará esmalte verde, que ya se está terminando.

El padre de los niños suele mantenerse un poco al margen, intenta guardar distancia emocional en toda esta situación; está asustado por todo lo que les está tocando vivir: su hermana cada vez está peor, ya le cuesta hablar, casi no puede escribir… Piensa.: «¡Maldita demencia!, a mi padre se lo llevó pronto… y a mi hermana ya le está atacando el monstruo». Pero las visitas de los sobrinos son muy reconfortantes para todos, y Teresa y yo estamos encantadas de ser voluntarias para que Blanca practique en nuestras manos lo que les hará a los pequeños.

Mientras hablamos de los hijos y de otros temas, Blanca balbucea.

—Yo no tengo hijos... No he tenido tiempo...

—Blanca, esto ya lo hemos hablado, ¿y ahora qué harías con un hijo?, ¿me lo quedaría yo?

Las uñas nos ayudan en las situaciones difíciles, y nos ponemos manos a la obra, nunca mejor dicho.

Desde hace tres meses voy a verlas regularmente y, mientras hablamos, Blanca me pinta las uñas. Hay días en que me adorna con colores rojo, naranja, amarillo; sé que son días buenos, con más ternura y esperanza. Otros días los tonos son azul, negro, verde… son días fríos, difíciles, de enfado y tristeza.

—Adiós, Blanca, adiós, Clara, hasta el próximo miércoles.

Nos abrazamos y la madre siempre siempre me dice que están muy contentas con estas visitas y que, cuando estoy allí, Blanca se esfuerza por seguir el hilo de la conversación y por hablar un poco más de lo habitual.

Los pequeños me acompañan hasta la puerta y me dan la manita con deditos manchados de motitas de colores vivos.

Mientras estoy en el ascensor me vienen recuerdos: «Mamá, pienso en ti y en todos los que habéis tenido demencia».

Con el tiempo, el trazo que hace Blanca es cada vez peor y el esmalte se le escapa fuera de las uñas, pero me resisto a desmaquillarme; me estoy volviendo toda una experta en arreglar en casa lo que ella ha coloreado, y mientras lo hago pienso: «Cómo te voy a echar de menos, Blanca, porque en estas visitas lo que me pintas es una sonrisa en el corazón».

Y después, en la consulta, ya tengo unos cuantos relatos distintos para explicar estas uñas estrafalarias, que voy adaptando según convenga para cada uno de mis pacientes.

—Doctora, hoy lleva un color muy bonito.

—Gracias, Antonio, es que el sábado fui caminando hasta el paseo y me contagié del color del mar.

—Mañana, si tengo tiempo, me acercaré a ver el mar…

AMF 2026;22(4);4001; ISSN (Papel): 1699-9029 I ISSN (Internet): 1885-2521

Cómo citar este artículo...

Borrell Thio E. Las uñas pintadas. AMF 2026;22(4);4001.

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