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Lo importante es cotidiano
José Manuel Salas Rodríguez
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Nadie le regaló nada. Desde pequeña se interesó por una profesión donde predominaba el género masculino, pero eso nunca le importó, su vocación se ajustó tan fuerte como el nudo de una corbata.

 

Cuando comenzó la carrera de medicina, su única ilusión fue trabajar lo más cerca posible de sus pacientes, y no encontró mejor opción para hacerlo que desde la Atención Primaria.

 

Aunque su madre quería verla de verde y su padre que tuviera una desahogada cuenta bancaria, ella quedó profundamente fascinada por una especialidad tan completa y humana.

 

Así, una vez que decidió seguir este camino, enseguida quedó cautivada por esos maravillosos tratados de medicina de familia, que le enseñaron las innumerables posibilidades que le ofrecía esta especialidad.

 

Y aunque los hospitales siempre habían estado de moda, y quedaba muy bien llevarlos como apellido («Es Nuria, trabaja en tal nosocomio» o «Es María, médica en el hospital de»), ella solía repetir que el prestigio de un profesional no va incluido en el «dónde» se trabaja, sino en el «cómo» se trabaja. Y por eso nunca le importó que su consulta no se asemejara a aquellas galardonadas series de urgencias, ni tampoco el no tener un compañero pediatra como George Clooney, al que ahora ve, sonriente, anunciando una marca de café por la televisión.

 

Durante años recorrió diferentes consultas en distintos pueblos. Y en más de una ocasión tuvo que lidiar con aquel conocido: «¡Niña! ¿cuándo viene el médico?», al que respondía cortésmente, con una particular sonrisa cargada de paciencia, una pizca de inteligencia emocional y respeto.

 

Al final siempre terminaba por ganarse a sus pacientes, y ellos lamentaban el momento de su despedida. La falta de continuidad de este sistema no le facilitó sus precarios comienzos.

 

Vivió la digitalización de la consulta, y su muñeca sobrevivió el tener que firmar a diario aquellos somníferos montones de recetas.

 

Ahora, desde hace unos años, trabaja en el mismo sitio, una oposición a tiempo y sus años de experiencia le sirvieron para hacerse con una plaza dentro del sistema. Aunque sufrió para conseguirla, dado que a veces es difícil compaginar esta profesión con la familia, mereció la pena cada gota de ese esfuerzo porque ahora conforman el aroma de su dulce presente.

 

Va en un modesto coche con carrocería sin estrella, y si pudiera lo dejaría estacionado en su casa e iría caminando, tal como les predica a sus pacientes. Es una médica de familia y, afortunadamente para ella, no precisa adornar su llegada con luces y sirenas.

 

A primera hora comparte inquietudes y participa en las sesiones clínicas junto a sus compañeros en el centro de salud. Nunca alguien le patrocinó uno de esos idílicos congresos por el Caribe, pero intenta permanecer siempre actualizada.

 

Sigue las guías terapéuticas basadas en la evidencia, aunque sabe que en ocasiones los pacientes necesitan algo más que prescribir un fármaco de manera correcta. Comulga con el blog Con tinta de médico1, y por eso una dosis de empatía, humanidad y comprensión no pueden faltar en sus informatizadas recetas.

 

Llega desayunada de casa y tiene una sana obsesión por no perder mucho el tiempo. Suele empezar muy temprano su consulta, pues tuvo que apretar la agenda para intentar sobrevivir a un masificado cupo, aquel que irremediablemente se agrava por la excesiva carga de la burocracia.

 

Intenta que la ilusión por su trabajo no naufrague entre tantas tareas administrativas y no se resigna a ver una Atención Primaria somnolienta, herida y castigada ante tanta desidia.

 

Como suele decir, «los déficits del sistema los solucionamos con una pizca de vocación y entusiasmo».

 

Conoce a sus pacientes y comparte algo más que sus problemas médicos. Comparte todas las etapas de su vida. Hace años comprendió que a los pacientes se les llama por su nombre y no por la enfermedad que se les diagnostica.

 

Le resulta muy difícil permanecer en el lado objetivo del problema, cuando en ocasiones lo que se necesita es una explosión de emociones que humanice su asistencia.

 

Su consulta no tiene las paredes decoradas con su currículo impreso y su sillón no está más alto que el de sus pacientes. Le gusta hablarles mirándoles a la cara y con un lenguaje sencillo; la terminología médica queda muy bien bajo el techo de la facultad, pero no en su día a día.

 

En ocasiones no necesita mirar la historia clínica para sospechar el motivo de la consulta. Una mirada, un gesto o la forma con la que entran sus pacientes le regalan aquellas respuestas sin necesidad de formular preguntas.

 

No rescata a personas en helicópteros, ni viste llamativos chalecos amarillos y seguramente nunca será portada en los principales medios de prensa. Pero ella también salva vidas a diario, y lo hace con su bata blanca, desde su humilde y organizada consulta de Atención Primaria.

 

Lucha apasionadamente por prevenir y controlar los factores de riesgo cardiovascular, y su trabajo disminuye anónimamente las terribles consecuencias de estas silenciosas epidemias.

 

Combate los trastornos del estado anímico, tan popularizados por esta terrible crisis económica, y no se olvida de procesos agudos o enfermedades crónicas.

 

Ejerce eventualmente de muleta para algunos pacientes que sufren sentimentales esguinces, y en ocasiones también presta sus oídos y su tiempo para que actúen de manera terapéutica.

 

No se olvida de los domicilios, y entiende que la Medicina Familiar no se practica clavada a una silla. Visita a los pacientes con limitación para desplazarse y sigue a pie de cama la evolución de algunas enfermedades crónicas.

 

No trabaja en cuidados paliativos, pero procura acompañar a familiares y pacientes hasta el final de sus días. Su sola presencia sirve de morfina para apaciguar el dolor de inesperadas despedidas.

 

Este compromiso diario con sus pacientes genera la tan necesaria relación de confianza. Así, da igual a qué archiconocido especialista los derive, ni qué medicamento le prescriban desde otras hospitalarias mesas, ellos siempre buscan su visto bueno, y entienden que no puede haber alguien más cercana que ella en este sistema.

 

Esta médica de familia, a una década de jubilarse, continúa enamorada de aquel camino que escogió. Salva con ilusión la sobrecarga de su día a día, y solo se lamenta de que la generación mejor preparada de jóvenes médicos de familia no encuentre una puerta abierta para ejercer aquello en lo que se les formó. Ella afronta con optimismo el futuro, porque no concibe un sistema sanitario sin Atención Primaria y una Atención Primaria sin médicos de familia.

 

No lleva capa, no tiene superpoderes, pero para algunos pacientes el compromiso con el que afronta lo cotidiano de su trabajo la convierten en su particular heroína.

 

Lo importante es cotidiano.

 

Bibliografía

1. Salas JM. Con tinta de médico. [Internet]. Murcia: JM Salas. [2013 Nov]. [Consultado el 27 de septiembre de 2015]. Disponible en: http//yourfamilydoctor.wordpress.com

Comentarios
ANA MARIA HERMOSO | 07-02-2016
Muy bonito, ayuda a seguir luchando por lo que nos gusta.
MARIA MAR GARCIA | 19-01-2016
Creo q la mayoría nos sentimos identificados. Gracias.
WILFREDO VIDAL | 14-01-2016
un articulo estupendo, muchas gracias
LOURDES LETONA | 13-01-2016
EL ARTÍCULO QUE SIEMPRE ME HUBIERA GUSTADO ESCRIBIR. MUCHAS GRACIAS
JOSE JAVIER BLANQUER | 03-01-2016
Un estupendo editorial gracias
BLANCA ROVIRA | 31-12-2015
Cierto, precioso artículo con el que me identifico plenamente. Gracias
JULIAN IZUZQUIZA | 31-12-2015
Precioso artículo. Me he sentido identificado y me he emocionado al leerlo. Muchas gracias.
Mª ARANZAZU VIVAS | 24-12-2015
Gracias por el articulo.