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A hombros de gigantes
A veces hay que tragar
Josep Maria Vilaseca Llobet
Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria
CAP Comte Borrell. Barcelona
Profesor de Historia de la Medicina. Facultad de Medicina. Universitat de Barcelona
Profesor de Arte y Medicina. Universitat de Vic - Universitat Central de Catalunya
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Todo empezó con un suspenso. ¡Sí, los genios también pueden suspender asignaturas!

 

William B. Castle nació en Cambridge (Estados Unidos) en 1897. Entró en la Harvard Medical School en 1917.

 

En 1919, estando en el segundo curso, se apuntó a un curso de hematología que suspendió. Aquello era incongruente con su currículum, pero... ahí estaba el merecido suspenso. Nada que hacer. A veces hay que tragar.

 

Los profesores, sorprendidos, le concedieron la oportunidad, tras repetir el curso, de ser examinado por Francis W. Peabody, y el tema que este escogió fue la anemia perniciosa. De ahí nació un interés que le duró toda la vida, y su amistad con un gran profesor.

 

Como es sabido, la anemia perniciosa se caracteriza por el gran tamaño de los glóbulos rojos (macrocitosis) y se puede acompañar de manifestaciones neurológicas (no debidas a la anemia, como veremos). En tiempos de Castle, esta anemia producía la muerte en la mayoría de los casos, de ahí el calificativo de perniciosa.

 

En 1921 entró como interno en el Massachusetts General Hospital de Boston, donde conoció a George R. Minot, reputado internista que estudiaba la influencia de la dieta en las enfermedades. Al mismo tiempo, Minot investigaba los recientemente descubiertos reticulocitos como un posible indicador de la eritropoyesis. Pero Castle no se desviaba de la anemia perniciosa.

 

Aquel mismo año, unos colegas también de Boston publicaron un estudio sobre la relación entre la aclorhidria y la anemia perniciosa, postulando que era imprescindible para el correcto diagnóstico de esta el déficit o ausencia de jugo gástrico.

 

En 1923 se fundó el Thorndike Memorial Laboratory en el Boston City Hospital. Su primer director fue el profesor que examinó a Castle de hematología: Francis W. Peabody. Este se acordó del alumno repetidor que aprobó su examen oral sobre la anemia perniciosa, y le invitó a entrar como residente asistente en su laboratorio.

 

Castle entró a vivir en el laboratorio Thorndike en 1925. A vivir, puesto que los residentes se llaman así porque residían realmente en el hospital donde trabajaban.

 

En aquel año, Minot y Murphy, conocedores del buen resultado de los experimentos de Whipple de alimentar perros anémicos con hígado, empezaron a tratar a pacientes de anemia perniciosa con hígado. Los experimentos previos de tratar la anemia perniciosa con hierro habían fracasado estrepitosamente. Curiosamente, el hígado producía una mejora en los pacientes y un aumento en la producción de hematíes, medido por el recientemente postulado indicador: el aumento de los reticulocitos.

 

La divulgación de los experimentos de Minot y Murphy, que permitían la curación de pacientes hasta la fecha condenados a muerte, generó un gran tumulto en la comunidad médica. Incluso el número de pacientes que acudían a Boston para ser tratados de anemia perniciosa se incrementó. Años más tarde, este notable éxito de curar a los enfermos de anemia perniciosa alimentándolos con hígado le valió a Minot, junto con Whipple y Murphy, el premio Nobel.

 

Se disponía de tratamiento, pero el mecanismo fisiológico seguía siendo un misterio.

 

En el otoño de 1926, Minot daba una conferencia en la Academia Americana de Artes y Ciencias de Boston. Castle decidió asistir. Cuentan que mientras se disponía a salir del laboratorio Thorndike, bajando por el ascensor de la parte de atrás, se iluminó con una idea brillante: las personas que no sufren anemia perniciosa no tienen por qué alimentarse de hígado para no padecer anemia. Pero los pacientes con anemia perniciosa sufren también aclorhidria y tienen, por lo tanto, el estómago atrófico. Quizás carecen de algo que las personas no enfermas producen normalmente en su estómago, y por eso tienen que tomar hígado para mejorar.

 

Castle asistió emocionado a la conferencia de Minot, y al finalizar le contó su idea. Minot le animó a seguir investigando.

 

Y eso hizo al cabo de unas horas: una paciente ingresada con anemia perniciosa, tras evaluar los niveles de eritrocitos y reticulocitos, fue tratada con una dieta a base de hamburguesa de ternera (en cantidades calculadas) durante 10 días con resultado infructuoso.

 

Posteriormente, Castle ideó un método revolucionario: él mismo desayunaba cada día este tipo de hamburguesa de ternera y al cabo de una hora expulsaba el contenido de su estómago para posteriormente administrárselo (hay que suponer que adecuadamente «acicalado») a la paciente mediante una sonda flexible.

 

En otras palabras: si algunos nutrientes de la ternera (les llamó «factor extrínseco») necesitaban la secreción del estómago (le llamó «factor intrínseco») para poder ser absorbidos, Castle decidió proporcionar la combinación de dichos elementos a los pacientes que supuestamente carecían de él. O sea que ¡a vomitarlo! Con el clásico método de introducir los dedos en su faringe, Castle vomitaba e incubaba el vómito para posteriormente dárselo a la paciente, que probablemente desconocía el origen del mágico elixir. ¡A veces hay que tragar!

 

Eran tiempos en los que la investigación era ágil, sin necesidad de la aprobación del estudio por parte de un comité de ética, sin consentimiento informado, etc. De no ser así, ¡quién sabe si se habría descubierto el factor intrínseco de Castle!

 

Y como por arte de magia, al sexto día los reticulocitos de la paciente empezaron a aumentar, gradualmente, la anemia se corrigió y la paciente mejoró.

 

Castle siguió realizando experimentos de este tipo en más pacientes, y quedaba claro que estos no mejoraban si se les administraba por separado ya fuera la carne o el jugo gástrico: debían ser alimentados con la combinación de ambos, o sea con el factor intrínseco y el factor extrínseco.

 

Castle comunicó sus asombrosos resultados (que obviamente fueron discutidos) en una serie de publicaciones llamadas «Observations on the Etiologic Relationship of Achylia Gastrica to Pernicious Anemia».

 

Tardó unos 20 años (hasta 1948) en descubrir que el factor extrínseco era la llamada vitamina B12 (cobalamina), que se acumula en el hígado y cuyo déficit producía las manifestaciones neurológicas.

 

Y el factor intrínseco, segregado por las células parietales del estómago, se identificó como una glucoproteína en la década de 1970. Pero, por suerte, se conservó el nombre de factor intrínseco, en honor a la historia, y el apellido de Castle por el doble honor de ser, por una parte, el ideólogo del descubrimiento y, por otra parte, el primero en utilizar el factor intrínseco de su propio estómago con fines terapéuticos.

 

Pero Castle no se conformó con estos descubrimientos: viajó a Puerto Rico para estudiar el esprúe tropical (que cursa también con anemia megaloblástica parecida a la anemia perniciosa); identificó la respuesta positiva de la anemia del embarazo al ácido fólico; influyó en la investigación sobre las anemias hemolíticas; estudió la anemia falciforme; etc.

 

Incansable como investigador y como docente, con una prolongada vida laboral hasta casi los ochenta años, Castle recibió varios premios en vida, pero aunque su nombre pervive de forma indeleble ligado al factor in­trínseco, no recibió el premio Nobel. A veces hay que tragar.

 

Y aunque esta historia puede parecer un tanto trasnochada, quizá su ejemplo influyó en otro investigador de finales del siglo XX: en 1984, Barry Marshall, un incomprendido gastroenterólogo que estudiaba una bacteria del estómago (posteriormente identificada como Helicobacter pylori) que relacionaba con las gastritis y las úlceras gástricas, se tragó una solución de dichas bacterias para poder comprobar en su propio estómago su públicamente rechazada hipótesis. Al final, la comunidad científica aceptó sus teorías, y Marshall, junto con su jefe y colega de investigación Robin Warren (que fue quien le practicó las gastroscopias), recibieron juntos el premio Nobel en el año 2005.

 

Sí, esta es otra historia, pero junto con la de Castle demuestran claramente que, durante nuestra vida, a veces hay que tragar...

 

Notas bibliográficas

Kass L. William B. Castle and intrinsic factor. Ann Intern Med. 1978;89(6):983-91.

Jandl JH. William B. Castle 1897-1990. National Academy of Sciences. National Academies Press 1995.

 

AMF 2019;15(3):167-168 | ISSN (Papel):1699-9029 | ISSN (Internet):1885-2521
Comentarios
Guillermo García | 14-05-2019
Enhorabuena Josep!! Qué regalo leerte y aprender de tu mano (de tu lápiz o tu teclado) lo que ni imaginábamos. Gracias por tu generosidad
Josep Maria Vilaseca | 10-04-2019
Muchas gracias Gabriela y María Idoia por vuestros comentarios. El siguiente artículo será sobre una doctora casi desconocida que conviene poner en valor. Espero vuestros comentarios en su momento
MARIA IDOIA ETXEBARRIA | 08-04-2019
Excelente,ilustrativa y un tanto escatológica historia.Conviene poner en valor a estos investigadores que han quedado en el recuerdo sóloporque su nombre va pegado al de algun componente fisiólógico o al de una bacteria.Y, por su puesto, a sus sufridos paciente y sujetos de estudio
GABRIELA GARCIA | 01-04-2019
La historia es un punto.. curioso y más fácil de retener. Gracias