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El sufrimiento emocional por el COVID-19
Araceli Teixidó Prevosti
Especialista en Psicología Clínica y Psicoanálisis
Unidades sociosanitarias. Hospital Sant Jaume. Calella. Barcelona
Miembro de la ELP y la AMP. Coordinadora de la Red Psicoanálisis y Medicina y Co-responsable del Taller de la Paraula en Medicina (SCB-ICF)
Elena Serrano Ferrández
Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria
EAP Encants. CAP Maragall. ICS. Barcelona
Grupo Kuxkuxeroak
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COVID-19 es hoy el nombre de un trauma: el virus que ocupa nuestras vidas y nuestros trabajos se ha presentado en ellos de modo traumático. Traumático, en este contexto, lo tomamos en el sentido de aquello que irrumpe en la vida e interrumpe los significados habituales, quedando desprovistos de explicaciones y referencias que orienten. Se rompe la trama simbólica colectiva y también la personal1,2.

 

Las plagas y las epidemias en nuestro contexto formaban parte del pasado o de lugares alejados3 y nos creíamos a resguardo de ellas, pero el acontecimiento actual nos muestra que la naturaleza tiene dinámicas ajenas por completo al control humano4. Vivimos, vivíamos, en un mundo para el que la ciencia prometía todo el control. Un pequeño virus muestra que no es posible. El sentimiento de fragilidad es grande y alcanza a cualquier persona, también a profesionales sanitarios.

 

No disponemos de conocimiento científico que nos oriente en el tratamiento de este agente patógeno, no disponemos de normas sociales que organicen los tratamientos diversos que son necesarios – médicos, pero también laborales, de organización social o económicos, por ejemplo –. Estamos frente a lo radicalmente desconocido y peligroso. En el lugar de esta ausencia de conocimientos, se ha inventado un relato con metáforas bélicas que ocupa ese vacío del no saber, el vacío de la incertidumbre.

 

¿Qué es normal y qué es patológico en este momento? ¿Podemos trazar una línea? En este artículo describiremos la situación a partir de lo que hemos escuchado tanto de pacientes como de profesionales. En el apartado de recomendaciones daremos unas ideas surgidas a través de las conversaciones con ellos.

 

¿De qué se sufre?

En este contexto, tanto pacientes como profesionales, manifiestan su sufrimiento. Incorporándose en estos últimos la responsabilidad de hacerse cargo del sufrimiento de los pacientes.

 

¿Qué nos dicen los y las pacientes de su malestar?

En primer lugar, de la sintomatología física que siempre está mediatizada por la subjetividad. Para cada persona, este virus puede convocar la idea de la muerte. Los ingresos hospitalarios y en las UCIs son muy duros, pero también lo es pasar la enfermedad en los hoteles o en los domicilios. Se sufre por el confinamiento, por el aislamiento, por no estar cerca de las personas allegadas.

 

Se sufre de temor al contagio.

 

Se sufre de no poder realizar las tareas y circuitos cotidianos. Y por las dificultades económicas.

 

Los duelos se enmarcan en circunstancias especiales: no poder acompañar los últimos momentos de vida, no poder velar los cuerpos, no poder realizar las ceremonias funerarias.

 

Se sufre de la incertidumbre, del tiempo trastocado: el presente no es el que era y ahora el «vivir día a día» se ha convertido en algo literal, siendo difícil en algunos contextos imaginar cómo saldremos de esta situación y qué prioridades y necesidades tendremos.

 

Y los y las profesionales, ¿qué nos dicen?

Las manifestaciones de profesionales son parecidas a las del resto de las personas que atraviesan esta situación. Con agravantes y diferencias.

 

Nos referimos a todas las profesionales implicadas: personal administrativo, de limpieza, de cuidados – domiciliarios y de residencias – y personal sanitario. Por una parte, poder trabajar alivia el malestar, pero tienen el agravante de que están mucho más cerca de la posibilidad de contagio y temen por sí, pero especialmente por sus familiares. Sufren por no tener siempre las medidas de protección adecuadas o no recibir soporte suficiente de las instituciones.

 

Se echa de menos la capacidad de manejarse con la incertidumbre de los gestores.

 

Se sufre de responsabilidad, si se es apartado del trabajo, por dejar a los y las compañeras y pacientes. Se sufre si hay que volver al trabajo por temor al contagio. Hay sufrimiento por la desprotección a la que han sido expuestos, y no sólo físicamente hablando. La intemperie a la que somete esta enfermedad, se vuelve a hacer presente también en los y las profesionales incorporadas que vuelven a atender a sus pacientes con realidades y relatos muy variados.

 

También hemos escuchado que se han hecho más visibles algunas dificultades para trabajar dentro de los equipos, pues se actualizan conflictos latentes.

 

Se sufre, finalmente, de estar tan cerca del sufrimiento moral de otros.

 

Y, recientemente, hemos escuchado pocos casos, pero llamativos de que se sufre de la segregación por algunos vecinos.

 

¿El mal está en el otro?

Las medidas sociales que se han decretado para frenar la expansión del virus han tenido como efecto secundario, en algunas personas, la localización del enemigo en cualquier otro desconocido5,a. Estas personas suelen creer de sí mismas que no están infectadas e igualmente sus familiares más próximos. Pero suelen creer también que el resto de la ciudadanía posiblemente lo está.  El mecanismo humano de localización del mal en el exterior funciona con apariencia de normalidad6.

 

En este sentido, se han observado algunas respuestas defensivas ante profesionales de la sanidad – pero también ante cajeras de supermercado, cuidadoras de los servicios de atención domiciliaria (SAD) y personal de reparto – por ser a los que más se identifica con la posibilidad de contagio. Caso aparte lo constituyen los niños y las niñas que han sido confinados en nuestro país como fuente de contagio principal sin  evidencia científica que lo avale.

 

En el caso del personal médico, la especificidad de su función merecería un estudio aparte si nos centramos en el por qué de la atribución y en las respuestas que pueden dar de sí mismos. El médico se encarga de una parte del mal en el mundo, la enfermedad, y acaba identificado en cierta manera con este mal por parte de los otros. Cuando esto sucede se puede utilizar como palanca de la relación transferencial, facilitándola y evitando aparecer como una víctima más.  

 

El tratamiento de estos fenómenos es difícil porque se trata de poder tomar una posición ética de reconocimiento de que todos y todas albergamos algo de «mal», sea en la forma de poder contraer un virus como en el resto de formaciones sintomáticas7.

 

Anotaciones sobre este sufrimiento

Ni para todos y todas es igual, ni todo el mundo está sufriendo. Recordamos algunos de los síntomas que nos han narrado pacientes, profesionales y los y las profesionales que se ven como pacientes. Hay personas que, por ejemplo, se ven aliviadas en la situación de confinamiento porque supone un descanso en la exigencia cotidiana y se apañan bien en sus domicilios.

 

También hay pacientes que se han encontrado aliviados por el buen trato recibido por los y las profesionales esmerados.

 

El sufrimiento provocado por la COVID-19 y su tratamiento tiene un pie en la realidad, es decir, se fundamenta en la situación traumática y, por tanto, excepcional que estamos viviendo y en su manejo. Pero no hay temor que no tenga el otro pie en la subjetividad: el miedo es consecuencia de una interpretación que se hace del fenómeno. Esto hace que la realidad actual pueda vehiculizar otros miedos, miedos anteriores latentes y que encuentran en la COVID-19 una forma razonable de ser exteriorizados.

 

La intervención psicológicab apuntará a separar esta doble causalidad para que la persona pueda tomar el apoyo de su síntoma8: el estilo personal tiene que ver con el modo de enfrentarse a los imposibles de la vida. Solo así aparece algo de la responsabilidad subjetiva y ya no se trata de dejarlo todo a cargo de la naturaleza o de la sociedad – es decir, al apoyarse en el síntoma, ya no se queda a merced del virus o de las instituciones –.

 

El diagnóstico de la COVID-19, ¿explica algo a nivel emocional?

En las historias clínicas de Atención Primaria (AP) el diagnóstico de la COVID-19 queda reflejado como de alta relevancia. ¿Va a quedar así señalado? ¿Se van a crear programas de atención psicológica que incluyan este diagnóstico?

 

No se puede partir de un diagnóstico médico como premisa para un diagnóstico psíquico. La COVID-19 nombra el sentimiento de haber sido traumatizados, pero cada persona lo ha sido a su manera y saldrá con una marca que le da su estilo personal9.

 

El enfermo – o la enferma – no acude por la COVID-19, si no por su interpretación personal del malestar que siente y aunque ahora se imponga actuar porque es prioritario para acabar con el virus, conviene tener cuidado de no olvidar que aparece en un enfermo o enferma singular que debe ser tratado con dignidad, es decir, como sujeto capaz de responder en algo a lo que le ocurre y capaz de dirigirse al profesional.

 

¿Hay que eliminar este sufrimiento?

Sin duda se trata de aliviar, pero no de atacar al sufrimiento. Por ejemplo, cuando se sufre por no poder dar el culto habitual a los muertos, este sufrimiento dignifica a estos muertos y a los que les sobreviven.

 

Por tanto, se trata de escuchar este sufrimiento – medida que suele aliviarlo –, pero no de eliminarlo. Eliminarlo, cuando es posible, banaliza la gravedad del momento e impide encontrar otras soluciones personales.

 

Recomendaciones para el cuidado de las personas atendidas

Las  medidas clásicas para personalizar el trato siguen siendo vigentes ahora: conviene separar la enfermedad y la persona que la sufre.  Una primera medida para conseguirlo es distinguirse uno mismo como profesional: presentarse en todos aquellos casos en que no se atiende a los pacientes habituales. Conocer o preguntar el nombre de la persona que consulta. Al despedirse, indicar cuándo y cómo se puede localizar a los y las profesionales de referencia o al centro, siempre que esto sea posible.

 

Mientras se explora a la persona, se puede preguntar algo que le introduzca como sujeto: desde preguntarle qué le duele y cómo se encuentra hasta saber si hay alguien esperándole en la sala de espera y si se dispone del teléfono de esa otra persona. Preguntar simplemente si desea hablar de algún tema o callar, pero estando atento por si tiene algo que decir.

 

Es importante destacar que esta enfermedad supone mucha carga física, tanto para el o la paciente como para el o la profesional, y que puede llevar a considerar solo estos aspectos. Los y las pacientes suelen agradecer el interés por otros matices, como su estado anímico o su situación personal, aun cuando aparezca en la conversación de modo lateral.

 

En el seguimiento telefónico que realizamos estos días, detectamos que muchas personas no se sienten capaces de hablar directamente de la experiencia reciente y que nuestra aceptación de este hecho, les permite hablar de otras cosas, pero también de eso. A algunas personas les puede molestar que se dé por supuesto de qué quieren hablar – aun cuando quieran hablar de lo que suponemos –. Otras, sin embargo, necesitarán ser orientadas.

 

Cuando se trata del sufrimiento actual y del que vendrá, habrá que dejar que cada cual responda a su ritmo, en su momento. Para algunas personas la necesidad de hablar es inmediata, pero puede no responder a la realización de una elaboración personal. En otros casos, hará falta algún otro suceso para que puedan empezar a poner palabras a lo ocurrido. Encontraremos personas que niegan el peligro, y otras que viven inmersas en una sensación de peligro continuado. Cada sujeto va encontrando el momento y la manera de decirlo.

 

¿El no-actuar como respuesta es posible estos días? ¿Se podría mantener un nivel de actuación de urgencia para la parte más biológica de la enfermedad y otro nivel de no-actuación para dejar margen a la expresión del malestar al sujeto y la formulación de alguna demanda?

 

En psicoanálisis, como en medicina, se considera que la no actuación, la no respuesta, es una medida de primera elección. Lo primero que se intenta promover es la demanda o una primera formalización de su malestar que le permita contar a continuación a qué ha venido.

 

Recomendaciones para el cuidado personal del y de la profesional

Buscar y reconocer el soporte que se obtiene dentro del equipo, con los y las compañeras. El soporte que se obtiene por este medio suele ser muy importante y en cada equipo se encuentran modos particulares de ofrecer soporte entre los miembros.

 

De los malestares en el equipo, hay que decir que pueden constituir un momento oportuno para que tomen relieve y sean definidos. Hay que valorar si pueden ser abordados en este momento. En caso contrario, habrá que pedir a todos los miembros del equipo que cedan en favor de la tarea común, pero quizá conviene valorar y explicitar las medidas que puedan tomarse en el futuro – desde la consulta personal hasta las supervisiones institucionales –.

 

Buscar líneas de investigación que sean de interés profesional en este momento como leer o entrar en algún proyecto de investigación.

 

Conversar acerca de las dificultades cuando sea posible. Mantener el contacto con al menos un amigo o amiga para hablar de las preocupaciones o de otros temas.

 

Mantener la conexión con los propios intereses o aficiones y, si es posible, dedicarle algunos ratos.

 

Darse el tiempo de parar, de no hacer nada, de mirar el techo o por la ventana. 

 

Elegir bien sus medios de información.

 

En cuanto al sufrimiento que se podría atribuir a la institución, quizá se puede señalar que no se trata tanto de exigir lo que es imposible como de pedir un acompañamiento que quizá no siempre se ha estado dispensando. Por ejemplo, al inicio se pedían mascarillas sofisticadas que la evidencia apuntaba que protegen igual que las quirúrgicas en el contexto de AP, cuando lo criticable es que no se acompañó y asesoró en la necesidad de protegerse. Y ahora se piden test rápidos con una sensibilidad y especificidad que ningún test de los actuales tienen, que provocan asombros y quejas ante ciertos resultados que no cuadran, cuando el problema de trasfondo vuelve a ser el procedimiento de toma de decisiones llevado a cabo. Más allá de la justa queja, los momentos graves como el actual, llaman al posicionamiento y la asunción de responsabilidad de cada persona.

 

Cuando el profesional se siente sobrepasado y cree que la psicología le puede ayudar, suele haber servicios de psicología disponibles. Conviene acudir al servicio que le brinde confianza. Los profesionales suelen conocer psicólogos y psicólogas en los que confían, quizá sea un buen momento de dirigirse a ellos y ellas.

 

¿Y después?

Nuestras respuestas están hechas con el estilo que tenemos cada cual para la falta de respuestas.

 

Ya decía Balint en los años 60 que cuando al médico o a la médica se le pregunta por la sexualidad, suele responder a partir de su idea o su ideal de la sexualidad, obviando que se trata de un terreno en el que no rigen normas universales y que toca lo más íntimo de cada persona10. También ahora, cuando se trata de la presencia de la muerte, el personal médico responderá empujado por su idea de lo que conviene.

 

En este momento es necesario actuar, aun cuando no se pueda pensar demasiado. En este momento, la angustia puede aconsejar no pensar. Sin embargo, algo se piensa, siempre. 

 

El encuentro con esta enfermedad puede ser traumático, como hemos dicho, sea por haberla pasado personalmente, sea por haber vuelto al trabajo después de sufrirla, o también por los encuentros con pacientes y por las decisiones éticas que ha habido que tomar. Habrá que concederse un tiempo para asimilar todo lo ocurrido. Es decir, habrá que dejar paso a un tiempo para comprender, hasta llegar al momento de concluir. Algunos profesionales creen que lo ocurrido cambiará su práctica y podría ser así. Convendrá dilucidarlo.

 

Cuando todo esto haya pasado, será importante volver la mirada atrás para valorar cómo hemos respondido y de qué estuvo hecha nuestra respuesta: ¿Sacó lo mejor del y de la profesional? ¿Fue una respuesta defensiva? ¿En qué fue útil? ¿Qué estaba pensando el o la profesional aún sin ser consciente?

 

Convertir una crisis en un momento fecundo es posible, pero requiere dosis importantes de humildad, reconocer que el bien y el mal también están en cada uno de los seres humanos de modo sintomático y que nos une una causa común.

 

Bibliografía

  1. Horne, B. Acontecimiento. En: Briole G y Miller JA (compiladores). Un real para el siglo XXI. Scilicet del IX Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Buenos Aires: Grama; 2014.
  2. Laurent E. Hijos del trauma. En: Belaga G (compilador). La urgencia generalizada. Buenos Aires: Grama; 2004.
  3. Entrevista a Albert Lladó. [Internet.] Teló de fons; 11 de abril de 2020. [Consultado el 16 de abril de 2020.] Disponible en: http://www.alacarta.cat/telo-de-fons/tall/entrevista-albert-llado
  4. Teixidó, A. Entrevista al Dr. Marc A. Broggi. [Internet.] Red psicoanálisis y medicina; 13 de abril de 2020. {Consultado el 18 de abril de 2020.] Disponible en: http://redpsicoanalisisymedicina.org/antiguas/12721/entrevista-al-dr-marc-a-broggi/
  5. El enclaustramiento... En: Lacan J. Seminario 5. Las formaciones del inconsciente. Buenos aires: Paidós; 1999. Pág. 181.
  6. Miller JA (compilador). L’autre mechant. Six cas cliniques commentés. París: Navarin; 2010.
  7. Lacan J. De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad. Madrid: Siglo XXI; 1984.
  8. Tizio H. La función del síntoma. Granada: Universidad de Granada; 2015.
  9. Briole G. L’éthique en acte. En: Traumatismes, lien social et éthique. París : Édition In Press, diffusion PUF; 2015.
  10. Balint M. La función apostólica. En: El médico, el paciente y la enfermedad. Buenos Aires: Libros básicos; 1961.

 

[a] «El enclaustramiento... ¿No es también una dimensión esencial? Tan pronto un hombre llega a alguna parte, a la selva virgen o al desierto, empieza por encerrarse. Si fuera preciso (...) se llevaría dos puertas para producirse corrientes de aire. Se trata de establecerse en el interior, pero no es simplemente una noción de interior y de exterior sino la noción del Otro, lo que es propiamente Otro, lo que no es el lugar donde se está bien guarecido».

[b] Desde la orientación del psicoanálisis lacaniano.