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A merced del viento. El sufrimiento de los profesionales sanitarios
Francesca Zapater Torras
Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria
Jubilada
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Es como estar en el vacío o en un desierto a merced del viento

que no sabes de dónde vendrá ni cómo será de fuerte.

Médica asistencial

 

 

La actual pandemia ocupa nuestras vidas y es causa de sufrimiento social por el trastorno que supone en el funcionamiento habitual, por el temor a la infección, por la angustia ante la incertidumbre, por las consecuencias sociales, por tantas cosas...

 

Las personas que sufren o han sufrido la enfermedad han visto como el virus destroza sus cuerpos, limita su respiración o provoca un ingreso hospitalario en unas condiciones de extrema dureza: gravedad, tratamientos a ciegas, aislamiento, soledad e, incluso, la muerte. Médicas y enfermeras somos testigos habituales del sufrimiento y de la muerte de otros, pero la epidemia está comportando niveles tan elevados de dolor que ocasionan una sobrecarga moral y emocional que se suma a un esfuerzo físico extraordinario.

 

Habitualmente, la medicina se maneja con conocimientos y recursos terapéuticos limitados, de los que se intentan maximizar los beneficios mediante la elaboración de guías y protocolos. Estos reducen la variabilidad clínica y nos orientan frente a la incertidumbre, nos proporcionan una cierta seguridad, nos dan marcos de referencia para el conocimiento de las enfermedades y las posibilidades terapéuticas.

 

El desamparo

Con la llegada de la COVID-19 todo ha cambiado. De repente, no sabemos nada o casi nada de un virus que nos invade y nos obliga a actuar sin saber cómo. El conocimiento se elabora día a día, los protocolos cambian también casi a diario y nos aferramos a unos tratamientos con la esperanza de que sirvan para algo, aunque sea poco. Los que deben dar indicaciones dudan y se equivocan. Muchos y muchas profesionales se han sentido «a merced del viento», sin coordenadas suficientes que orienten el quehacer.

 

El SARS-CoV-2 se ha presentado en un momento en el que la medicina era más arrogante que nunca. En ocasiones, se ha creído que se podían solucionar, o como mínimo «controlar» las enfermedades que causan más discapacidad y muerte en los países occidentales. La sociedad también se había instalado en este imaginario y, ahora, unos y otros observamos atónitos cuan ignorantes somos. Una lección de humildad, dicen unos. Otros, ante la impotencia frente a la enfermedad y la muerte se plantean el sentido de la profesión y la voluntad o no de seguir en ella. En todos los casos está presente algún tipo de sufrimiento.

 

Sin embargo, ahí se ha estado, tirando de oficio, porque de órganos y personas sí entendemos. De sufrimiento también. Se ha acompañado, escuchado, diagnosticado y tratado todo lo que se ha podido. Ello ha comportado un gran esfuerzo emocional que va a tener sus consecuencias. A las dificultades propias del trabajo se le ha sumado el temor al propio contagio y al de los familiares.Tenemos ya algunos testimonios que nos revelan la enorme dificultad de estos días1. Algunas profesionales han dormido fuera de su casa o en hoteles, donde lloraban en soledad después de largas jornadas de trabajo. Pero no se podía llorar mucho, al día siguiente tocaba trabajar otra vez y dar lo mejor de una misma. Los imperativos de la situación no han facilitado en ocasiones poder compartir el dolor o la tristeza con las compañeras, o incluso se ha observado una cierta intolerancia al malestar producido por el estrés y el cansancio acumulados. Tampoco ha habido margen para la reflexión o las dudas, que podían ser interpretadas como quejas. Se decía que había que estar tranquilas, o se apelaba a la seriedad de las expresiones que se dejaban entrever a través de mascarillas y pantallas, quizás como una forma más de defensa ante la impotencia.  

 

¿Cómo va a afectar todo este sufrimiento moral? ¿Cuándo podremos hacer el duelo por las vidas perdidas, por las referencias perdidas, por la poca certidumbre que teníamos, ahora también perdida? ¿Cómo va a impactar todo esto en la práctica futura? Se está hablando de cambios estructurales y organizativos, pero ¿se producirán también cambios epistémicos? ¿Aparecerán nuevas formas de entender la enfermedad y las personas enfermas? ¿Cambiaremos nuestras prioridades?

 

De momento, la práctica clínica ya ha experimentado cambios profundos que modifican los códigos de relación profesional-paciente. La visita presencial ha sido prácticamente sustituida por la atención telefónica y la exploración física por las técnicas radiológicas o ecográficas, por ejemplo. ¿Cómo será el futuro? No sabemos si estos cambios han venido para quedarse, ni si el miedo al virus que se ha instaurado en nuestros cuerpos y nuestras mentes va a hacer olvidar cuáles son los roles profesionales. Estamos ante una incertidumbre más, que puede ser vivida con preocupación o como una amenaza, en especial en Atención Primaria, donde el contacto físico y emocional suponen una característica definitoria. 

 

En Atención Primaria, el viento y el desamparo han sido más fuertes que en otros ámbitos por la mayor falta de recursos y de medios de protección, pero también por el papel secundario que desde el primer día se le dio. El sistema y los políticos, con su estrabismo divergente habitual, centraron su mirada en los hospitales, olvidando que el curso de la epidemia se dirimía en la comunidad y era allí donde se podía controlar la diseminación de la infección. Se acordaron de las profesionales de Atención Primaria cuando no había suficiente personal para los nuevos hospitales de dudosa utilidad o para apagar el incendio de las residencias. Ha habido sensación de impotencia ante el cierre de centros de salud y consultorios locales, ante la multiplicación de las tareas administrativas y por tener que asumir el trabajo de las muchas compañeras de baja. Todo ello con una situación de partida tremendamente tensada por los déficits estructurales existentes. A pesar de todo, se ha cumplido, se ha dado la talla, los equipos se han reinventado y las profesionales han demostrado su orgullo de trabajar en la comunidad y dar apoyo incluso a otros dispositivos. No obstante, vuelve el desprecio cuando, pasado el pico de la epidemia, se habla ya de proyectos de ampliación de plazas de UCI o de camas hospitalarias. Nadie habla de ampliar la Atención Primaria. Tampoco parece que se vaya a reconocer su esfuerzo y su importancia. Habrá que sumar una herida más en el corazón de la Atención Primaria: la herida de la ignorancia, el desprecio y la desprotección. Son heridas que causan dolor y sufrimiento también como colectivo.

 

Profesionales enfermos

El colectivo sanitario es el segundo más afectado por la COVID-19, detrás de las personas que viven en centros residenciales. Los contagios superan ya los 40.000 y los fallecimientos suman decenas en el estado español. Ellos y ellas han sido y están siendo doblemente víctimas, como profesionales y como enfermos. No han sido solo observadores del dolor ajeno, sino que son ellos mismos los enfermos. Los miedos, los temores y la incertidumbre adquieren en este caso una dimensión mayor. Se encuentran en la intemperie, a la merced del viento, conscientes de que se encuentran ante una enfermedad desconocida que se comporta como ninguna otra hasta ahora. Hay dificultades para entender, para aceptar, para contener el propio sufrimiento, dificultades que son mayores entre el personal no sanitario, administrativas, auxiliares o personal de limpieza, con menor bagaje científico y asistencial.

 

En su artículo El sufrimiento emocional por el COVID-192 Araceli Teixidó y Elena Serrano nos hablaban de que el o la profesional afectada sufre de responsabilidad «si se es apartado del trabajo, por dejar a los y las compañeras y pacientes». Al sentido de responsabilidad se le une la rabia por no haber tenido protección en el lugar de trabajo, por el diagnóstico tardío y, en ocasiones, por haber sentido abandono en medio de la vorágine de las primeras semanas. ¿Cómo va a curar este dolor? ¿Se va a recuperar la confianza en un sistema del que se forma parte y por el que, al mismo tiempo, te sientes maltratada? El sentimiento de tristeza está muy presente, una profunda tristeza.

 

El miedo a contagiar a las personas del entorno se transforma en culpa cuando una está enferma y los familiares también, incluso con alguna muerte. Culpa propia por haberse contagiado, y culpa de la institución que no ha protegido; culpa que habrá que digerir y quizá no desaparezca durante mucho tiempo.

 

No sé si existe conciencia de lo dura que puede ser la vuelta al trabajo de las profesionales que han estado enfermas de COVID-19. Tendrán que volver al escenario traumático de la enfermedad, deberán superar su miedo a un nuevo contagio y estar en condiciones de soportar el dolor ajeno, cuando probablemente todavía queden rescoldos del dolor propio. Algunas pueden incluso sufrir vergüenza de tener miedo o de no estar en condiciones de volver para ayudar a sus compañeras que siguen en pie. No se puede volver a los centros sin tener el miedo sometido a unos niveles manejables, me decía una compañera. Es posible que durante un tiempo se tenga que convivir con este miedo, pero habrá que saber reconocerlo, darle nombre y lidiar con él.

 

Cómo aliviar, cómo salir

No podemos dejar de preguntarnos cómo ayudar a las compañeras que han enfermado. En algunas instituciones se han puesto en marcha sistemas de apoyo y seguimiento, con la participación, en caso necesario, de profesionales de la psicología por vía telefónica o por vídeoconferencia. Estos recursos pueden cumplir una función de escucha y apoyo, con todas las limitaciones que suponen las intervenciones en momentos de crisis y su escasa efectividad a medio o largo plazo. Desde la Asociación Española de Neuropsiquiatría3, nos advierten que «debemos estar atentos a estas demandas y ser capaces de acompañarlas sin patologizarlas, sin generar dependencias y sin quebrar la capacidad de autocuidado y regulación de las personas y las comunidades». En todo caso, estas intervenciones no deberían reemplazar el papel de acompañamiento sincero que deberían asumir las direcciones, reconociendo sus propias limitaciones para hacer frente a la situación y proporcionar las protecciones necesarias. Las personas con responsabilidades gestoras se han encontrado igualmente sobrepasadas, también han sufrido, y reconocer esta realidad puede ser una forma de acercarse a las profesionales y su malestar.

 

Desde cualquier instancia, una primera forma de ayudar es escuchar el sufrimiento, facilitar la construcción de historias y relatos y abrir espacios para las narrativas. Hablar sobre la experiencia de enfermar, identificar los sentimientos, acogerlos sin rechazo, mostrar comprensión y no revelar exigencias laborales. Saber dar tiempo para la recuperación física y emocional, para la recomposición de lugares y roles, partiendo de la aceptación de que se está enfermo.

 

Además de los apoyos individuales, pueden ser útiles espacios colectivos para expresar y compartir el sufrimiento a nivel de los equipos, en los que se acojan las dudas, las quejas y los temores, y en los que se recomponga el trabajo en equipo, los vínculos y el sentido de las profesiones.

 

La intemperie de estos momentos es tanto fruto de la naturaleza de la enfermedad como del vaciado ideológico que han sufrido las profesiones sanitarias en las últimas décadas. El objetivo de curar deberá dar paso al de cuidar; los valores personales respecto a la salud, el enfermar y el morir deberán reemplazar las imposiciones de la técnica y de la perspectiva de retrasar permanentemente el momento de morir. En 1996 el informe del Hastings Center, Los fines de la Medicina4, ya abogaba por establecer unas nuevas prioridades en la práctica médica y sanitaria. Además de la prevención de las enfermedades y la promoción y conservación de la salud, situaba como objetivos el alivio del dolor y el sufrimiento, así como el cuidado de los incurables y la búsqueda de una muerte tranquila.

 

Iona Heath5 va más allá y nos habla del acto sanitario como un acto de «amor altruista hacia el conjunto de la humanidad», que reclama de manera especial para la gente mayor y en el momento de la agonía. Una manera de aliviar el desamparo ante lo desconocido y el sufrimiento puede ser adicionar espacios de reflexión sobre los valores y los objetivos a la discusión de protocolos y circuitos.

 

La excepcionalidad no será permanente, como tampoco lo pueden ser las medidas tomadas bajo esta situación. Se irán reduciendo algunas incertidumbres, la COVID-19 dejará de ser exclusiva en las tareas de los equipos. La sacudida producida puede verse como una ocasión para replantear prioridades, costumbres y actividades. El Fòrum Català d’Atenció Primària6 habla de que se abre un nuevo escenario que requerirá recursos económicos y humanos, pero también imaginación y creatividad para asumir las viejas y las nuevas necesidades y vislumbrar un futuro mejor.

 

La reparación

Una parte de la enfermedad y del sufrimiento de las profesionales se podría haber evitado si se hubieran puesto a su disposición las medidas y los equipos de protección adecuados. ¿Por qué no se hizo? La sensación de ser víctimas de un daño evitable persistirá en el tiempo, y con ella la desconfianza en las instituciones en las que se trabaja. Sería un error volver a la normalidad (¿qué normalidad?) sin tener en consideración todo lo pasado y sus consecuencias. No se puede hacer borrón y cuenta nueva, porque las heridas están ahí.

 

Reparar significa enmendar, desagraviar, recomponer el menoscabo y el perjuicio sufridos. La reparación es curativa. Para ello es necesario comprender y asumir el daño, explicar la diversidad de elementos que han confluido en su producción, empezando por la utilización de un lenguaje humano. Hablar de guerra y de batallas, de ganar o perder, no es el lenguaje más adecuado para acercarse a las personas que sufren.

 

En algún momento, alguien (probablemente muchos) deberán pedir perdón por no haber hecho todo lo posible, por no haber sabido (en ocasiones podido) dar las mejores respuestas y minimizar el daño.

 

Las respuestas a los interrogantes no pueden venir solamente de las instituciones. La participación de las profesionales será imprescindible para hallar las mejores soluciones, como se ha demostrado durante estos últimos meses. Pero desde «arriba» habrá que saber aprovechar el esfuerzo realizado, corregir lo que no funciona, escuchar y aceptar propuestas y recoger preocupaciones. Ello puede tener un alto valor de reparación.

 

Las profesionales nos merecemos y necesitamos reconocimiento y un poco de amor. La Atención Primaria también, antes de nada, necesita ser puesta en el lugar que le corresponde en el sistema sanitario. Sin ello será difícil la curación.

 


Agradecimiento: A todas las compañeras y compañeros enfermos de COVID-19 que estos días han compartido sus sentimientos y opiniones conmigo. Sus palabras me han suscitado estas reflexiones y animado a escribirlas con el deseo de que puedan ser útiles al colectivo sanitario.


 

Bibliografía

  1. Peguero E. Confesiones de una médica de familia. [Internet] AMF. 2020. Disponible en: https://amf-semfyc.com/upload_articles/files/2020/confesiones.pdf
  2. Teixidó Araceli, Serrano Elena. El sufrimiento emocional por el COVID-19. [Internet] AMF. 2020. Disponible en: https://amf-semfyc.com/web/article_ver.php?id=2653
  3. Asociación Española de Neuropsiquiatría. Manifiesto AEN sobre la situación de emergencia COVID-19. [Internet]. AEN. 2020. Disponible en:  https://aen.es/blog/2020/04/30/manifiesto-aen-sobre-situacion-de-emergencia-covid-19/
  4. The goals of medicine: Setting new priorities. NY: The Hasting Center Report; 1996 En castellano:Los fines de la medicina, en Cuadernos de bioética. Barcelona: Fundació Víctor Grifols i Lucás; 2004.
  5. Heath Iona. El amor en los tiempos del coronavirus. [Internet]. El Gerente De Mediado. 2020. Disponible en: https://gerentedemediado.blogspot.com/2020/05/el-amor-en-los-tiempos-del-coronavirus.html
  6. Fòrum Català d’Atenció Primària. Salir de la excepcionalidad hacia una nueva normalidad. [Internet]. FOCAP. 2020. Disponible en:  https://focap.wordpress.com/2020/04/28/sortir-de-lexcepcionalitat-cap-a-una-nova-normalitat/