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El relato
El viaje
Leyre Izaguirre Lasa
Residente de Medicina Familiar y Comunitaria
CAP Raval Sud. Barcelona
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Este relato, que publicamos con el permiso de su familia, es una fiel reproducción del escrito que nos dejó Leyre. El relato fue el ganador del IX Premi Jordi Cebrià del concurso de relatos del XXX Congreso de Comunicación y Salud de la semFYC.

Leyre falleció el 16 de enero de 2021, a los 27 años de edad.

 

A mí, de siempre me ha gustado viajar. Cuanto más lejos, mejor. No solo por descubrir lugares diferentes, lo que más me fascina es conocer las personas que los habitan. Por eso, me gusta viajar en bici. Para saborear cada kilómetro de terreno foráneo y para compartir el cielo estrellado bajo el que duermen las gentes ajenas al turismo de consumo. Lo que nunca imaginé es que el viaje más lejano que haría en mi vida sería en una cama de hospital y que la persona que más me sorprendería conocer es a mí misma.

 

Hacía poco que había comenzado la residencia de Medicina Familiar y Comunitaria. Por fin, había dejado atrás mi Santander natal para empezar mi vida laboral en una gran ciudad como Barcelona. Fue un domingo cuando, después de varios días encontrándome indispuesta y coincidiendo con una visita a la familia, mi padre me llevó al hospital. La primera vez que me comunicaron la mala noticia no fue un procedimiento al uso. El médico que me atendió en urgencias no necesitó decir la palabra mágica, simplemente leer el hemograma, para que en mi cabeza resonara: «leucemia». Mi padre, completamente ajeno a la Medicina, no entendía por qué, sin yo quererlo, se me caían las lágrimas y no paraba de moverme de manera ansiosa, angustiada, desesperada, en definitiva, en mi asiento. A él sí que tuvieron que prepararle el terreno e introducirle conceptos y procedimientos que le sonaban a chino. No obstante, conmigo también hubo que hacer un esfuerzo comunicativo la segunda vez que me dieron la misma noticia. A los pocos días del ingreso, las quimioterapias de inducción produjeron tal destrucción tumoral, con su consecuente toxicidad, que las médicas se vieron obligadas a bajarme a la UCI e inducirme un coma en el cual estuve inmersa una semana. Cuando desperté, y pasados los momentos iniciales de delirio medicamentoso, no recordaba absolutamente nada de lo que había sucedido en los días previos a la pérdida de consciencia. No sabía dónde me encontraba ni por qué estaba atada a una camilla. Como si de una pesadilla se tratara, intentaba hacerme el daño suficiente para despertar, sin éxito alguno. Finalmente, apareció una hematóloga, a la que, con un hilo de voz, conseguí preguntar qué era lo que me había pasado. Cuando empezó el relato, me iban apareciendo imágenes de lo que contaba, pero fue cuando me dio el diagnóstico, cuando, como una cascada de dolorosos recuerdos, me vino a la mente todo lo que hasta hoy he conseguido recopilar de esos primeros días. Como tantas veces me explicaron en la facultad, ante una noticia tan impactante, todo lo que te dicen después se queda en mute. Creo que la hematóloga lo sabía bien y no dio más explicaciones ese día, aunque si lo hizo yo tampoco lo recuerdo.

 

En total, estuve 2 semanas ingresada en la UCI. Tuve momentos de debilidad, pero en general las afronté con una entereza que no imaginaba en mí. Aun sabiéndonos mortales, la juventud te da, a veces, esa sensación de que nada malo te puede pasar. Cuando tenía esa percepción de inmortalidad y me asaltaban pensamientos relacionados con la muerte, sentía auténtico pavor. En cambio, a la hora de la verdad, ahí me encontraba yo, compartiendo habitación con la parca y sin soltar una lágrima. Quizás fue porque la gravedad de la situación solo me permitía mirar adelante, en esos momentos no contemplaba otro escenario que no fuera el de la curación y salir de aquel infierno. O quizás fue porque aún no había asimilado lo que me estaba sucediendo. Tardé casi un mes en decir que padecía una leucemia. Tenía la feliz ilusión de que, si no lo verbalizaba, no era cierto. De hecho, habiendo pasado ya 2 meses, mi mayor preocupación eran los rotatorios que me estaba perdiendo, ¿cómo me iban a cuadrar ahora la residencia? Tuve un par de dolorosas conversaciones con distintas hematólogas que, por fin, me pusieron los pies en la tierra. Empecé a limpiar el sendero de maleza, a discernir lo verdaderamente importante de las superficialidades de la vida moderna. Yo, ahora, estaba en otra guerra, la única guerra de la vida en la que pueden suceder eventos irreversibles.

 

Tras la quimioterapia de inducción, vino el primer ciclo de consolidación. En este, me anunciaron por vez primera la posibilidad de tener ya un donante de médula. Yo me aferré a esa noticia como a un clavo ardiendo. Por fin, un haz de esperanza, la tranquilidad de tener una oportunidad de curarme a corto plazo. Cuando finalicé este ciclo y fui a la consulta para conocer el siguiente paso, estaba convencida de que el próximo ingreso sería ya para el trasplante. No pudo ser, por no haber tal donante. Este hecho, no solo implicaba aguantar otro ciclo de quimioterapia, con todo el malestar físico que conlleva, sino que, además, volvía la incertidumbre, el peor de los sentimientos. Vivía con el desasosiego continuo de no saber qué iba a ser de mí, cuándo iba a llegar el donante que me pudiera curar. Al término del segundo ciclo de consolidación, no se podía posponer más el trasplante. La enfermedad seguía en remisión completa pero ya no respondía tan bien a los citostáticos. Entonces, tuvieron lugar las que fueron las peores semanas, a nivel psicológico, de este proceso. Iba nerviosa a cada consulta, con una mezcla de miedo e ilusión. En las entrevistas recibía informaciones erráticas y, en ocasiones, contradictorias. Me dijeron que había varios donantes, luego que no estaban disponibles y necesitaban seguir buscando, después que sí, que ya estaba todo cerrado... Hasta que al que llamaron fue a mi padre para decirle que él sería el donante. Sin decirme absolutamente nada al respecto previamente. Estaba atónita ante el precipitado desenlace de los acontecimientos, aunque pronto la perplejidad se tornó en esperanza y confianza. La enfermedad estaba llegando a su fin, pero el viaje que emprendí aquel 28 de octubre de 2018 ya no quiero que termine nunca. Familiares y amigos se lamentaban de que hubiera tenido que recibir un segundo ciclo de consolidación, teniendo a mi padre al lado todo el rato. A mí, no se me pasó por la cabeza nada similar en ese momento, la idea del inminente trasplante inundaba toda mi razón y ahogaba, no solo la leucemia, sino también la rabia y frustración que me habían generado esas últimas semanas tan kafkianas. Y así fue como el 15 de marzo de 2019 nací de nuevo, pero esta vez, quien me trajo a la vida fue mi padre.

AMF 2021;17(3):2899 | ISSN (Papel):1699-9029 | ISSN (Internet):1885-2521