Sé que esto es raro. Para mí también. No sé muy bien qué voy a hacer cuando leas esto, probablemente estaré sentada a medio metro de ti mirándome las zapatillas de casa, o buscaré alguna excusa para irme a la cocina. Sí, quizás ir a la cocina sea la mejor opción.
Hace un mes viniste con aquella pequeña caja envuelta en papel de regalo azul marino y yo no fui capaz de decirte la verdad al abrirla. Tienes razón, es exactamente el olor que siempre he querido. Pero no puedo usarla, lo siento. Te vi allí, expectante, entusiasmado, y no supe cómo contarte lo que hace tiempo debería haberte dicho. Es por eso por lo que he decidido que de hoy no pasa, me armaré de valor y sacaré esta nota del bolsillo; seguramente no sea la mejor, pero es mi manera de hablar contigo: mirando humear la moka en la cocina, mientras tú me lees en el salón.
Pronto va a hacer dos años desde que ocurrió. Las imágenes están fijadas en mi memoria, como el escenario de un teatro antes de empezar la sesión; la persiana, semicerrada; la encimera, cargada de jeringas, viales, gasas y notas con indicaciones; las sábanas, adaptadas a su forma y olor; la respiración, pausada, y mi mente, alerta. Recuerdo aquellas semanas sin horarios, sin fecha, solo diferenciadas por las tomas de la medicación y las visitas de Ane. «¿Qué tal estáis? ¿Cómo habéis pasado la noche?», preguntaba sigilosamente al entrar. No me di cuenta en aquel momento de que siempre me incluía en el plural, hasta que yo también aprendí a hacerlo. Puede ser que desde aquel momento ya estuviera cuidándonos a ambos en nuestras diferentes batallas.
Ane dejaba su maletín en la silla de la derecha, yo la observaba sujeta al pie de la cama, se sentaba suavemente en el borde mientras tu padre abría los ojos, se recolocaba el oxígeno y le sonreía. De lado, poquito, pero lo hacía. Ane le caía bien. Agradecía sus suaves visitas, las sutiles despedidas, los pequeños apretones en la mano. Iba y venía, pausadamente, dejando siempre la sensación de una presencia latente.
Y, mientras, yo observaba. Desconozco cuánto tiempo estuvimos así, Mikel. Solo recuerdo que un día pensé que tu padre era un árbol en su otoño. Vi sus hojas tornarse granates, amarillas, marrones. Suavemente se secó su tronco, expuesto al frío y al viento, áspero, indefenso.
Sin embargo, aquella mañana las horas fueron minutos. Fatiga, inspiraciones en un aire de agua, los ojos abiertos, el grito silenciado, los músculos tensos. Ane no obtuvo sonrisa al llegar. Él tampoco. Un pinchazo bajo la piel, jeringa cargada, súbita calma posterior, murmullo dubitativo y, después, silencio.
Nadie habla de qué hacer cuando todo termina, cuando haces lo evidente. Tanatorio, funeral, abrazos familiares, pésames de las vecinas, llamadas de los del pueblo. Después de esas semanas ajenas, ¿qué?
Recogí y limpié sábanas, pastillas, parches, bombonas, batidos, empapadores y toallas. Lo fácil, lo que estaba a la vista. Cuando terminé con aquello, empecé con el licor de hierbas, a las tres, como un ritual. Su favorito. No tardé en beber algo más. No es una excusa, me recordaba a él, pero también me ayudaba a no hacerlo. El ritual se convirtió en rutina; la rutina…, en cárcel. Apenas salía, comía poco, me rodeaba de cristal vacío, dormía en el salón para no entrar en el cuarto limpio y cerrado como un santuario. No fue difícil ocultártelo; trabajabas fuera, las llamadas eran siempre programadas por las mañanas y yo misma te pedí que no vinieras en vacaciones, era mucho dinero.
Pasaron meses, hasta que un día empecé a toser y tras escuchar varias noches silbidos, supe que el inhalador de rescate no estaba siendo suficiente. Fui donde Ane, me recibió sin cita, me auscultó, me puso pastillas. Me miraba de reojo, tardó en escribir el tratamiento en el papel. Algo me preguntó, le contesté que bien. Me citó para control, volvió a preguntarme algo, volví a contestar escueta, mirándome las manos, «Todo bien». Me pidió unos análisis y me citó al cabo de dos semanas. Fue en aquella tercera cita cuando no pude sostener más aquella distancia que había impuesto. Ane empezó a preguntarme, a poquitos, y yo fui contándole todo.
Desde entonces, con mucho esfuerzo y con su ayuda, estoy subiendo, día a día, consulta a consulta, esta montaña. He transitado fases, he ventilado habitaciones, he vaciado muebles, he armado un pastillero y he reconstruido mi forma. Tengo un nuevo grupo de amigas con las que juego al mus por las tardes y he retomado el punto de cruz. Todos los meses visito a Ane y, a cambio, espero que tú vengas el siguiente domingo a comer.
Esta semana hablé con Ane sobre la colonia que me regalaste el domingo pasado. Le dije que creía que era el momento de contarte que estoy siguiendo un tratamiento que me ayuda a alejarme del alcohol y que, aunque aún estoy en el inicio, ya veo las huellas en el camino que voy creando.
En la moka, el café debe estar a punto de acabar de salir; me entretendré bajando la potencia al fuego para darte tu tiempo, y dármelo también a mí.
Avísame si quieres un solo o con leche.


Carlos 18-05-26
Zorionak Carlota!.