Algunos descubrimientos científicos han sido particularmente famosos, y a menudo no me explico por qué. Cuando lo pienso fríamente, intuyo que la fama es una de las motivaciones más poderosas de la ciencia. Sin embargo, no atino a vislumbrar los elementos básicos que la producen. ¿Es la fama espontánea o causada por algo?
La gran fama popular del ADN y su doble hélice no dejan de sorprenderme.
Mis estudiantes saben perfectamente que esta estructura de doble hélice del ADN fue descubierta por Watson y Crick. Pero no hay dos sin tres: una mujer realizó descubrimientos clave para la solución de este embrollo.
¿Una mujer? ¿Lo sabían ustedes, queridos lectores? Entonces, es posible que su descubrimiento fuera robado, su nombre silenciado y el Premio Nobel negado. Típico caso de abuso machista. Da para múltiples artículos, ciertamente. Pero a pesar de que esta retorcida historia del ADN ha producido ríos de tinta, mi resumen no sería este.
Rosalind Elsie Franklin nació en Londres, el 25 de julio de 1920, en el seno de una acomodada familia judía de banqueros. Se graduó en ciencias naturales en el Newnham College de Cambridge en 1941, y posteriormente hizo un doctorado en química física en esta misma universidad.
En 1942 entró como investigadora en la British Coal Utilisation Research Association (BCURA). Sus estudios sobre el carbón fueron exitosos, y en 1945 se fue a París donde trabajó en el Laboratoire Central des Services Chimiques de l’État, y se convirtió en una famosa cristalógrafa de rayos X. Sus habilidades la llevaron al King’s College de Londres en 1951 como investigadora asociada en el laboratorio de Maurice Wilkins. Allí hizo descubrimientos que fueron clave para la teoría de la doble hélice del ADN de Watson y Crick. Estuvo estudiando el ADN hasta 1953, cuando se trasladó al Birkbeck College a estudiar la estructura del virus del mosaico del tabaco hasta 1958, cuando murió a los 37 años en el barrio londinense de Chelsea.
Esta es la sucinta biografía de una corta vida llena de importantes descubrimientos reflejados en sus publicaciones. Explicada de este modo, no parece que haya controversias. Pero la vida, en su día a día, no es tan sencilla…
Su contribución a la teoría de la estructura del ADN posiblemente no ha sido suficientemente recordada. A pesar de que es relatada por uno de los laureados con el Premio Nobel, James Watson. Sus comentarios sobre Rosalind Franklin, a la que se refiere siempre con el diminutivo Rosy, no son precisamente agradables.
No hay dos sin tres: el Premio Nobel de Fisiología y Medicina de 1962 fue otorgado a Francis H.C. Crick, James D. Watson y Maurice H.F. Wilkins. ¿A alguien le suena el tercer nombre? Muy famoso no es si lo comparamos con el dúo Watson y Crick. ¡Y ganó el premio Nobel junto con ellos! ¡Y era el colega de Rosalind Franklin!
¿Dónde estaba Franklin en 1962? Elemental, querido Watson (el otro): criando malvas. Por este motivo no se le pudo conceder el Premio Nobel, caracterizado por ser entregado exclusivamente a personas vivas.
Volvamos al Watson no tan querido: James ha protagonizado barbaridades monumentales. Una de ellas se puede ver en la portada de la revista The Independent de octubre de 2007 con el titular: «Los africanos son menos inteligentes que los occidentales». Otra noticia sonada fue cuando en 2014 se vendió la medalla de oro del Premio Nobel por 4,8 millones de dólares, consiguiendo el honor de ser el único laureado en la historia que se la ha vendido. Y otras que no vienen al caso.
Con este currículum, lo que nos cuenta James Watson de Rosy Franklin en su libro La doble hélice viene mediado por su propia interpretación de la realidad, como es natural. La describe como una mujer con un cierto atractivo, a pesar de que nunca usaba maquillaje ni mostraba preocupación por su vestimenta. Seguramente es cierto que Rosalind le dijo a Wilkins, cuando llegó al King’s College, que «ella no era su asistente». Y es probable que el carácter de Franklin no ayudara en las relaciones humanas…
De nuevo, no hay dos sin tres: Wilkins y Franklin trabajaban con Raymond Gosling (1926-2015). Gosling y Franklin realizaron fotografías de la difracción del ADN con una nitidez extraordinaria. Una de estas, la llamada «fotografía 51», le fue mostrada a Watson en ausencia de Franklin (según él, con el consentimiento de ella). Algunos dicen que la fotografía le dio la idea de la doble hélice. ¿Malas lenguas?
Rosalind Franklin hizo importantes descubrimientos sobre la estructura del ADN entre 1951 y 1953. Y según parece barajó la hipótesis de que eran dos cadenas, o tres, con una estructura de fosfatos y bases nitrogenadas. Le confundieron los dos tipos de muestras de ADN que estudiaba, llamadas A y B, con un diferente nivel de hidratación. Watson, según él mismo cuenta, sí se dio cuenta de que, in vivo, el nivel de hidratación del ADN es muy superior al estudiado por Franklin.
Una conferencia de Franklin, que Watson escuchó atentamente, y sus notas sobre sus observaciones (algunas fuentes dicen que obtenidas sin permiso) ayudaron sin duda a este, tal como él mismo cuenta.
¿Qué conclusiones puedo sacar de mi breve estudio de esta retorcida historia? Los documentos muestran que Watson, a pesar de sus comentarios despectivos sobre Franklin, le reconoce su mérito en su libro de memorias La doble hélice. Es más, en su famoso artículo en la revista Nature publicado junto con Crick, cita los trabajos de Franklin. Y finalmente, que la estructura del ADN no se descubrió de la noche a la mañana, ni tampoco se debió al trabajo solitario de unos investigadores: los dos grupos que participaron en el descubrimiento, el de Cavendish de Cambridge (Watson y Crick) y el del King’s College (Wilkins, Franklin y Gosling), intercambiaban información tanto oralmente como a través de sus publicaciones. La investigación, muy difícil, se hacía de forma colaborativa, entre colegas, aparentemente de manera transparente.
Pero, ya por último, no hay dos sin tres: el famoso químico Linus Pauling también aparece en esta historia, que ya empieza a ser demasiado enredada. Watson, Crick y Pauling, «los que se llevan la fama», tienen su mérito, pero también lo tienen Franklin, Wilkins y Gosling, «los que cardan la lana».
La fama, queridos lectores, tiene para mí un toque misterioso.
Rosalind Franklin murió el 16 de abril de 1958 víctima de un cáncer de ovario. Sus restos descansan en un cementerio judío de Londres. Su memoria merece ser honrada; sus trabajos científicos, redescubiertos, y su historia, releída con detalle.



