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Abril 2025
Abril 2025

Sintiendo las voces

DOI: 10.55783/AMF.S210406

Pablo González García

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria EAP Villalegre-La Luz. Llaranes Avilés. Asturies GdT de Salud Mental de la samFYC

Pablo González García

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria EAP Villalegre-La Luz. Llaranes Avilés. Asturies GdT de Salud Mental de la samFYC

Sentir: […] 2 Percibir col sentíu del oyíu.

Diccionariu de l’Academia de la Llíngua Asturiana

 

[…] Quizá esto sea posible algún día. El viejo señor es demasiado viejo para vivir hasta aquel día. Pero continúa levantándose, porque lo que se hace debe hacerse siempre, sin perder la esperanza nunca.

Gianni Rodari, «Voces nocturnas»,
en Cuentos para jugar, 1972

El médico cerró el volumen naranja, con manchas del tiempo en el papel barato. Una de esas ediciones sencillas de tapa blanda para estanterías obreras. Le daba vueltas al encargo: organizar un seminario sobre Atención Primaria y literatura. Más bien, dudaba si hablar de Dostoievski (con lo que implicaba de llegar, en un momento dado, a la cama) o si repetir otra tertulia sobre la importancia del humanismo en las profesiones científicas. Esperaban esto último, creía, y no sabía por dónde empezar.

Cómo transmitir que en la consulta redactamos líneas a diario, con sus realismos tan mágicos. Y que escribirlas es una forma de cabalgar las angustias.

Estaba solo. Apuró unos minutos revisando papeles e informes, esperando el momento de ir al domicilio pendiente. No había nada inusual en el aire… El silencio y el sol de invierno entraban por la ventana. Entonces oyó la primera voz. Era de la enfermera, su compañera. «Vaya mal que tiene Catalina, la diabetes… Desde que enviudó casi no sale y come de pura ansiedad».

Pensó que estaba entrando por la puerta que los unía tantas veces en la jornada. Pero al levantar la mirada del ordenador, comprobó que seguía estando solo. ¿Lo había imaginado? No, lo había escuchado bien claro. La foto de Tudor Hart parecía reírse de él desde la encimera.

Se levantó, un poco perplejo, y con cierto temor empujó la puerta medianera.

—Buenas —dijo—, voy a ver a Paquita.

—Vale —le respondió la enfermera sin mirarle—. Yo tengo que ir a hacer una cura. Mañana hablamos… Por cierto, Catalina tiene fatal la diabetes… Estoy mirando a ver cómo la animo a salir de casa, porque no se está adaptando nada bien a vivir sin Quilino.

—¿Y come más por la angustia? —preguntó el médico, un poco más asustado.

—Justo —respondió la enfermera—. Una barra de pan al día.

—Vale, mañana nos vemos, compa.

Asombrado, se marchó colgándose el maletín en bandolera. Estaba convencido de que había oído la voz (¿o el pensamiento?) de la enfermera. Mientras caminaba para avisar en el mostrador de administración de que iba a salir, de nuevo oyó, nítida, una voz. Esta vez no la reconoció.

«Ahí va, de paseo… ¿Y las urgencias?».

Había varias puertas entreabiertas. Nadie en la sala de espera parecía haber dicho ni oído nada, y las miradas estaban, todas, fijas en los móviles. Se preguntó, sin saber por qué, si se estarían escuchando sus propios suspiros.

Bajó las escaleras de dos en dos y salió a la calle, al fin. Necesitaba tomar un poco el aire. Era su reivindicación cotidiana del derecho a ir caminando a las casas y pararse a saludar con pereza revolucionaria.

No tenía tiempo para decidir si estaba alucinando, ni de revisar todo el abanico de causas de un trastorno mental orgánico. No se creía tan especial como para tener un delirio sensitivo de referencia. Era muy pronto para recurrir al comodín de los síntomas médicos inexplicados. Pensó en la posibilidad de las neuronas espejo, de nombre tan optimista. Pero resolvió que no podía coger la baja porque sería un marrón para los demás; ya había demasiada gente en el equipo sin sustituir. Siempre andaban colgados… de una cuerda o del teléfono. Además, solo le faltaba que le encasquetasen la etiqueta de «estado mental de alto riesgo» u otro epígrafe de moda.

Igual podría, un poco más tarde, revisar si existía evidencia consistente de la capacidad de los médicos de familia para sentir el pensamiento ajeno. En los varios portales (no en los de las casas) que pagaba la consejería. Una pregunta PICO algo rara. Quizá tuviera suerte y en Murcia alguien se lo habría preguntado antes.

Al pasar por el parque, sonrió al ver a un padre columpiando a su hija. Los conocía… Tenían el mismo número de historia. La niña estaba sana, reía con fuerza. «¡Más fuerte! ¡Hasta el cielo!». Conocía los problemas que la madre había tenido en su trabajo cuando se quedó embarazada; la enfermedad del abuelo paterno, que no llegó a conocer a su nieta; los complicados equilibrios con las abuelas; el miedo y la alegría de la pequeña, las revisiones y sus primeros pasos por el centro de salud cuando le curaba con pegatinas el dolor de las vacunas…

Vaivén del columpio.

«¡Más fuerte, papá!», oyó de nuevo.

Esta vez, no se asustó con la voz. Se iba acostumbrando a lo inexplicable. A fin de cuentas, abrirse a lo que no tiene respuesta no dejaba de ser otra cualidad necesaria para un médico de familia.

«Qué es un padre… No solo techo y comida». Vaivén del columpio. «¡Hasta el cielo!».

«Ser padre es posponer el horror, permitir estas risas, como asidero, para poder seguir caminando, cuando el horror llega».

Dejó el parque atrás, dibujando en su imaginación el camino más directo por las aceras y plazoletas del desarrollismo. Últimamente, en los bajos del barrio solo resistían los bares. Agua de fuego y mantas con tifus. «Una resonancia, una resonancia, una resonancia… ¿Cuándo me llamarán para la resonancia?», oyó que suplicaban un montón de dolores de espalda alrededor. Sonreían, desde la antigüedad, los sacerdotes griegos que solían encontrar soluciones más simples.

Se detuvo un momento en el semáforo. De entre la gente que esperaba el autobús, le llegó otra voz. Supo, por sus lágrimas recientes, que era de la mocina. «Ya está. Adiós. Hasta nunca. ¿Qué hago ahora? ¿Me quedaré sola como mamá? No me quería bien, no…, pero ¿qué hago yo con este vacío?». El médico se fijó a ver si otras personas también sentían la voz desolada. Parecía que no.

¿Era una escucha selectiva? ¿Y por qué no oía nada de los demás?

El semáforo verde le invitó a seguir su camino.

Pasando al lado de un quiosco, se fijó en que el dueño estaba muy concentrado colocando un montón de cartonajes de fascículos, libros baratos, revistas con regalo…, cada cual de un tamaño y peso para mayor mortificación del quiosquero. Se le cayó el paquete de una revista divulgativa que se acompañaba de un folletín sobre la interpretación de los sueños. El hombre juró en alto. Y otra voz inesperada: «Ya nadie lee a Freud… Solo como folklore; peor, como kitsch. En su momento fue igual que Prometeo, y ahora está aquí, entre revistas para aburridos…».

Por fin, llegó al bloque de la moribunda. Una palabra que se esforzaba en desenterrar entre tanto eufemismo que ya no quería saber de la muerte. Llevaba varias semanas haciendo ese camino, dando testimonio del apagarse de su existencia. Llamó al timbre y oyó enseguida el zumbido de la puerta, señal de que lo esperaban. Empujó la puerta y le saludó el olor del pote desde las cocinas.

El portal con azulejos fríos en las paredes todavía conservaba el eco de susurros de amores que fueron y ya no eran, o lo eran solo un poco.

Marcó el paso para llegar al quinto por la escalera. Por los rellanos escuchó más voces. Ya no se molestó en buscar de dónde venían.

«Ya le pusieron la morfina».

«La mataron a disgustos, yo creo que el cáncer le vino de tanto sufrir».

«A ver quién se mete a vivir en el piso ahora…».

Antes de rematar el último tramo, escuchó la voz de Altagracia. Interna, migrante. Le había enseñado varias veces en la consulta muchos puntos de dolor, esos que, según las últimas guías de práctica clínica, ya no era necesario contar.

«Se está muriendo mi mamá y no puedo ir a despedirla a mi país… Mientras, aquí, velando solita a la doña… ¿Qué haré? ¿Encontraré trabajo? ¿Pararán el reagrupamiento? ¿Por qué en este país solamente comen papas blancas?».

No hizo falta golpear la puerta con los nudillos. Estaba entreabierta, invitando a pasar. El médico se limpió los zapatos en el felpudo. No sabía por qué, siempre recordaba aquello de la zarza ardiente y el terreno sagrado.

Altagracia estaba en la cocina, apurando la enésima taza de café, fumando un cigarrillo y mirando al vacío. Saludó al médico con voz y rostro cansados.

—Hola, doctor. Hace un rato que creo que ya no respira. Pasó la noche tranquila con la medicación que le pusieron. No le puse ningún rescate.

El médico le contestó con una mirada sonriente, de aquellas que se dedican a quienes han compartido unas cuantas confidencias. El silencio y el respeto eran parte del contrato social del médico.

Avanzó por el largo pasillo conocido, entre cuadros y adornos de otro tiempo. Era la última habitación. El cadáver tenía aspecto apacible, con los rasgos afilados. Sin guantes, retiró el infusor de medicación, auscultó el silencio del pecho y comprobó las pupilas fijas. Al cerrar los ojos de la fallecida, actualizó una de las costumbres más extendidas a lo largo de las culturas. Quizá, por si en la retina se había quedado grabada la cara de la muerte.

Altagracia se había acercado, ya sin tabaco ni café, para ultimar las cuestiones prácticas con el médico. La familia estaba de camino. Se despidió, cordial, tras lavarse las manos en el estrecho baño, y caminó hacia la puerta.

«¡Gracias, doctor!».

(Esta vez sí se asustó, no se esperaba que quedaran restos de las palabras de los muertos).

«¡Sorpresa!».

AMF 2025;21(4);3783; ISSN (Papel): 1699-9029 I ISSN (Internet): 1885-2521

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González García P. Sintiendo las voces. AMF 2025;21(4);3783. DOI: 10.55783/AMF.S210406

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