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Marzo 2024
Marzo 2024

Comunidades bilingües: lengua materna y comunicación en la consulta

DOI: 10.55783/AMF.200301

Carlos Coscollar Santaliestra

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria

Carlos Coscollar Santaliestra

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria

CATALÀ | EUSKARA | GALEGO

La lengua, es decir, el idioma, es una extraordinaria convención que nos permite expresarnos y comunicarnos (construir comunidad) haciendo uso de una combinación de diferentes tipos de signos, con la condición de respetar una serie de normas pactadas. Es, por tanto, una construcción social y constituye una herencia cultural que permite elaborar y transmitir pensamiento.

La lengua es un requisito, quizá el más importante, para conseguir una comunicación efectiva. Pero, obviamente, lengua y comunicación no son exactamente lo mismo. La comunicación es un proceso complejo que requiere, como mínimo, la intención del emisor y la complicidad del receptor. Ambos están inmersos en mundos de experiencias y significados propios y diferentes, influenciados por variables como la edad, la clase social, la procedencia, la educación, el género, etc. A pesar de la complejidad del procedimiento, o precisamente por ello, el mensaje que se desea emitir (la intención) puede diferir del mensaje que se recibe. En muchas circunstancias, es quizá más realista pretender una «comunicación útil», es decir, aquella que da respuesta a la necesidad del momento y del contexto: tener la confianza de «habernos hecho entender mutuamente».

La etimología de la palabra comunicar hace referencia a convenir, acordar (acercar corazones), unión y encuentro, intercambio, compartir, poner en común (hacer comunidad), pues lo común es aquello que se comparte. La Real Academia Española (RAE), de forma más sucinta, define la comunicación como la acción de hacer a una persona partícipe de lo que se tiene o de transmitir señales mediante un código común al emisor y al receptor. La comunicación efectiva es un reto continuo que, en el contexto de los cuidados, por el estado emocional y la vulnerabilidad del paciente, convierte a la lengua en algo más que una herramienta de comunicación1. «La manera en que afrontamos y expresamos aspectos relacionados con las distintas emociones o con el dolor está muy ligada a la esfera más afectiva, está muy condicionada por la cultura y el entorno familiar»2. En especial, esto es así, en la población anciana, pediátrica o con diversidad funcional.

Las barreras lingüísticas favorecen los malentendidos, prejuicios, actitudes negativas, desigualdad en el trato, ansiedad y errores diversos1, pudiendo conducir a equívocos y a relaciones terapéuticas deterioradas. Afecta, por tanto, en la calidad de los cuidados1-3 y pone en riesgo el modelo de atención centrado en el paciente.

«La lengua materna constituye nuestro primer medio de comunicación social y, además, está impregnada de creencias, valores e identidad»2. Por tanto, el uso de la lengua materna elude obstáculos: la lengua materna es el «idioma de la emoción», de la cultura aprendida y la mejor compañía de la comunicación no verbal1.

Asumiendo la importancia primordial que tiene la lengua materna en la comunicación en un contexto de cuidados, podríamos decir que hay circunstancias que afectan el alcance que las diferencias culturales e idiomáticas pueden tener en la efectividad de la comunicación. El «factor determinante de estas diferencias estriba en el grado en el que afectan al intercambio de comunicación de manera que habrían sido insignificantes si esas diferencias no hubieran existido»1.

Pero hemos añadido que tales diferencias o asimetrías, entendidas como obstáculo para una comunicación efectiva, no tienen siempre el mismo calado. La realidad actual de las consultas es una realidad multicultural y multilingüe. Es decir, el problema trasciende ampliamente las cuestiones planteadas en las comunidades bilingües, por lo que adquirir competencia en comunicación intercultural cada vez se hace más necesario.

El debate sobre el significado y las consecuencias que puede tener la atención a pacientes en un idioma que no es el materno es necesario y precisa de matices y de una cierta complicidad. El contexto político, y quizá social, en nuestro país no favorece este debate.

La diversidad lingüística y cultural española es la norma. Los estados monolingües son la excepción. Se trata de una innegable riqueza que obliga, por un lado, a protegerla y respetarla y, por otro lado, nos ofrece la posibilidad real de encontrar un punto de encuentro, si tal intención es compartida. Es incuestionable la importancia de una atención sanitaria ofrecida en la lengua materna, tanto para la calidad de los cuidados, como para la satisfacción del paciente. Pero, a su vez, no puede negarse que hay otros intereses lícitos que también deben ser considerados. Tenemos en común territorio, cultura, tradiciones y una lengua. Las diferencias, que sin duda existen, no impiden compartir un código de significados suficiente que, por razones históricas y de convivencia, facilitan una «comunicación útil», es decir, «hacernos entender», en la lengua común. Por otro lado, el compromiso con el aprendizaje de las lenguas locales (maternas) está favorecido por la similitud que les proporciona un mismo origen (excepto el euskera). Familiarizarse con el idioma del lugar y comprometerse a poderlo usar con solvencia en un plazo razonable es, por tanto, una posibilidad real y resulta una obligación ética, en el sentido del compromiso con hacer las cosas bien: cuidados de calidad.

Me parece que es una forma razonable de afrontar el problema, respetuosa, en primer lugar, con los derechos de los pacientes, pero también con los de los profesionales que no verían limitadas sus posibilidades laborales y profesionales por un «mérito», cuya naturaleza, como condición previa y excluyente, muchos no compartimos. Por otro lado, sería una forma de afrontar un problema en aumento: la inevitable, necesaria y creciente movilidad de profesionales con lenguas maternas diferentes. Hablar la lengua materna no es un mérito propiamente dicho, es una consecuencia del azar. Es decir, no es un «derecho a reconocimiento, alabanza, etc., debido a las acciones o cualidades de una persona» (RAE). No hablar la lengua materna no debería penalizarse, ni puede suponer una discriminación previa, una condición sine qua non, para acceder a un determinado puesto de trabajo. Disponemos de una lengua común que nos permite comunicarnos de manera eficaz en un contexto cultural y de significados que facilita una «comunicación útil». Ahora bien, y en perfecta sintonía con lo expuesto, parece lícito considerar como demérito, y penalizarse en los términos que se establezca, el no desenvolverse con solvencia y en un plazo razonable en la lengua del territorio. Negarse a ello, por parte del profesional, respondería, bien a una cierta indolencia o desdén, o bien, a una actitud militante, que denotaría otros intereses.

La administración y los colegios profesionales deberían facilitar el acceso al aprendizaje: disponibilidad, horario, etc., y establecer estrategias para incrementar la sensibilidad hacia estos temas, tanto en el pregrado como en el posgrado. Se trata de una «cuestión profesional y no de carácter meramente legal o identitario. Responde a un principio de mínimos, que debe facilitar que los pacientes se puedan expresar, se les pueda comprender y se les respete en la lengua en que se sientan más cómodos, aspirando al pleno respeto a su autonomía como pacientes»2.

En el caso del euskera, la solución es más compleja. Nada cambia, obviamente, en relación con la importancia de la lengua materna y la exigencia de propiciar su uso. Pero la evidente dificultad de su aprendizaje, como mínimo, introduce un problema de plazos. En el ínterin, hay datos que sugieren que el uso de intérpretes o herramientas online de traducción incrementa la satisfacción de profesionales y pacientes, y mejoran la calidad de los cuidados y la seguridad del paciente1,3. Por otro lado, para profesionales de Osakidetza, podrían establecerse modelos de incentivación que faciliten cubrir zonas, preferentemente rurales, donde se identifiquen importantes problemas de comunicación o entendimiento.

«La calidad de la atención puede mejorarse mediante la atención en la lengua materna»1. Habilitemos, por tanto, el modo de respetar el derecho de los pacientes, animando y facilitando a que se expresen en su lengua materna. No tanto por una interpelación identitaria o legal, sino por una atención de la mayor calidad. Y mantengamos la sensibilidad con los derechos de los profesionales, que también es una forma de preservar y mejorar la calidad de la atención.

Bibliografía

1.   Hemberg J, Sved E. The significance of communication and care in one’s mother tongue: Patients’ views. Nordic Journal of Nursing Research. 2021; 41(1): 42-53. doi: 10.1177/2057158519877794

2.   Tolchinsky Wiesen G, Calvo Escalona R, Inzitari M. La atención médica en los territorios bilingües. Med Clin (Barc). 5 de enero de 2023; 160(1): 39-43. doi: 10.1016/j.medcli.2022.07.023

3.   Al Shamsi H, Almutairi AG, Al Mashrafi S, Al Kalbani T. Implications of Language Barriers for Healthcare: A Systematic Review. Oman Med J. 30 de abril de 2020; 35(2): e122. doi: 10.5001/omj.2020.40

AMF 2024;20(3);122-123; ISSN (Papel): 1699-9029 I ISSN (Internet): 1885-2521

web.citacion

Coscollar Santaliestra C. Comunidades bilingües: lengua materna y comunicación en la consulta. AMF. 2024;20(3):122-123. DOI: 10.55783/AMF.200301

Comments

Miquel 26-04-24

!La palabra clave es complicidad! Es decir, conseguir que la comunicación fluya espontáneamente sin trabas, en una lengua cuya elección implícita suele decantarse de la parte del paciente. Me encantaría ser competente en lenguas del norte de Africa y del este de Europa: los pacientes originarios de esos países lo agradecerían y para mí seria una fuente enorme de riqueza cultural, pero uno es limitado. De acuerdo también en distinguir entre uso clínico de una u otra lengua en la consulta y cuestiones de otro tipo: al César lo que es del César... Muchas gracias

Carlos 26-04-24

No tengo nada que añadir a tu comentario, Miquel. Absolutamente de acuerdo con tu planteamiento y con el tono en el que lo expresas. En este, como en tantos (cualquiera) debates se necesita, simplemente, una cierta complicidad y la voluntad de entenderse. Desde una y otra orilla, creo que no siempre existe esa voluntad de entenderse, que hablando de la lengua, no deja de ser la negación del propio lenguaje. Debería contemplarse la importancia de la lengua materna (minoritaria, si se quiere) desde la perspectiva del paciente, de la calidad de los cuidados en situación de vulnerabilidad, del compromiso profesional, del respeto a la autonomía del paciente, y no tanto como una cuestión legal o identitaria, que tiene otros espacios de discusión y que dirime otros intereses. Gracias

Miquel 25-04-24

El texto original de Carlos Coscollar me parece magnífico: bien ponderado y buscando el equilibrio entre derechos de pacientes y derechos de profesionales. No ostante, no partimos de una situación de igualdad entre lenguas. Exigir y acreditar el conocimiento de una lengua autóctona como condicion sine qua non para poder ejercer en una comunidad bilingüe no es posiblemente la táctica más inteligente y, desde luego, no fomenta la simpatía hacia la lengua autóctona. Ahora bien: es preciso recordar que las lenguas mayoritarias tienden, por inercia social y cultural, a eclipsar a las minoritarias. Ocurre con el inglés a nivel mundial y con el castellano a nivel nacional. Llevo más de 30 años utilizando mi lengua materna, el valenciano (la variante valenciana del catalán), oral y escrito, tanto en la consulta como en todas las demás instancias profesionales. Por desgracia, somos muy pocos los que lo hacemos, ya que comenzar requiere un esfuerzo que no todos se sienten capaces de desplegar ,y después hay que convivir con la indiferencia de la mayoría, el desdén de no pocos y la hostilidad manifiesta de algunos. En cualquier caso, la defensa y la promoción de la lengua autóctona es absolutamente necesaria, ya que existen poderosas fuerzas que tratan de recluirla al espacio coloquial y doméstico, en lugar de favorecer su uso en todos los ámbitos: científico, jurídico, social, etc. Es un ejemplo particular de una tendencia general a la uniformización cultural: la diversidad suele invocarse en los discursos, pero es a menudo incómoda y genera rechazo emocional. En la Comunidad Valenciana nunca ha existido requisito previo de conocimiento del valenciano para ejercer, sino un reconocimiento en positivo como mérito para optar a plazas. Dicho reconocimiento ha sido recientemente degradado, con el argumento de que no puede contar más conocer el idioma que tener la tesis doctoral. Es uno entre muchos ejemplos de la guerra abierta, ya no encubierta, que el gobierno de la Comunicad Valenciana ha emprendido contra la lengua propia: hay que decirlo alto y claro. Es un planteamiento perverso y falaz, un argumento del pez grande para comerse al chico, en la línea de lo anteriormente expuesto. Pretende, además, pasar por alto un hecho clave: la buena comunicación es el medio diagnóstico y terapéutico más poderoso que existe y, por tanto, dominarlo confiere al clínico una competencia incuestionable en toda situación clínica. No seré yo quien subestime el valor de una tesis doctoral, pero no olvidemos que el conocimiento que aporta es aplicable a un número infinitamente inferior de situaciones en la práctica clínica. En resumen, promocionemos activa, positiva y decididamente el uso de las lenguas autóctonas en nuestro sistema de salud, en condiciones como mínimo de igualdad con el castellano; reivindiquemos la comunicación clínica como el instrumento clínico de mayor valor y consideremos la competencia lingüística como un mérito positivo, no excluyente, pero de primer orden.

Carlos 08-04-24

Gracias Mª Eugenia por tu comentario. La reflexión que me sugiere es que quizá deberíamos contemplar la inequidad referida, no solo a los profesionales, e incorporar la inequidad que puede afectar a los pacientes. El artículo pretende subrayar y argumentar el valor de la lengua materna, en especial, en contexto de cuidados y vulnerabilidad del paciente. El artículo también plantea una alternativa para afrontar la inequidad, o la discriminación que supone la exigencia de un idioma como condición sine qua non para acceder a una plaza en comunidades bilingües. Compartir el castellano, facilita encontrar un punto de encuentro, si existe la voluntad de hacerlo. Y, por otro lado, la cuestión trasciende al bilingüismo. Como bien señalas, las lenguas que se hablan en las consultas son muy diversas que plantea otro tipo de problemas. Un saludo

Mª Eugenia 07-04-24

Con todo mi respeto, en España el castellano es la base en todas las Comunidades. Porque seria un caos y una inequidad y falta de justicia e igualdad si en algunas Comunidades se exigiera la lengua materna para ejercer como médico. En el Consultorio donde trabajo si prevaleciera la lengua materna ya hubiera abandonado porque hay usuarios de Portugal, Francia, Reino Unido, Marruecos, Ucrania, Valencia, China, Brasil... Y todos intentamos entendernos en castellano. Un saludo y gracias por el articulo.